El registro bíblico nos ofrece una visión limitada pero significativa de José, un hombre crucial en la historia de Jesús. Descendiente del rey David (Mateo 1:16, 20), José residía en Nazaret (Lucas 2:4). Su vida tomó un giro trascendental al comprometerse con María (Lucas 1:27), quien recibió la anunciación divina de que su concepción era obra del Espíritu Santo (Mateo 1:18-21).
José demostró ser un hombre de profunda justicia y compasión, eligiendo obedecer la voluntad de Dios en cada paso (Mateo 1:19, 24, 25; 2:14, 21, 22). Tras el nacimiento de Jesús, estableció su hogar en Nazaret y se dedicó a la carpintería (Mateo 13:55), proveyendo para su familia. Acompañó a María y a Jesús a Jerusalén cuando el niño tenía doce años, siendo testigo de su asombrosa sabiduría. Al regresar a Nazaret, continuó ejerciendo su rol como padre terrenal de Jesús (Lucas 2:41-52). Aunque los detalles de su vida posterior son escasos, sabemos que junto a María tuvo al menos otros seis hijos (Mateo 13:55, 56). Se presume que José había fallecido antes de la crucifixión de Jesús (Juan 19:25-27).
La historia de Jesús presenta una dualidad intrigante. Muchos anhelan la ternura del bebé en el pesebre, pero rechazan al Hombre, al Señor y Rey (Hechos 2:14-47). A lo largo del año, dos lugares vacíos adquieren una profunda significación: el pesebre vacío y la tumba vacía. Jesús no permaneció en el pesebre; creció, vivió una vida perfecta y sin pecado, dedicándose a la enseñanza y la sanidad. Finalmente, entregó su vida en la cruz como sacrificio redentor por nuestros pecados.
De igual manera, Jesús no quedó aprisionado en la tumba. Su resurrección dota de significado trascendental a su nacimiento, vida y muerte. Aunque no todos en este mundo reconozcan su necesidad de Jesucristo, la verdad es que lo necesitan desesperadamente (Marcos 16:15, 16; Juan 3:16-21; 7:7; 15:18, 19). El pesebre vacío señala el inicio de su vida terrenal, mientras que la tumba vacía proclama su victoria sobre la muerte y la esperanza para toda la humanidad.
