Introducción

A. El mandato de la Gran Comisión es para todo creyente.

  1. No es una sugerencia, sino un mandato directo de nuestro Señor. Este deber no solo se encuentra en Mateo 28:18-20, sino que está implícito en la naturaleza misma del discipulado. Como Jesús mismo dice en Juan 15:8, «En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos».

B. La pereza y la falta de confianza son barreras, no excusas.

  1. Es cierto que algunos creyentes se vuelven indiferentes al mandato de compartir el evangelio, lo cual tiene serias consecuencias. La advertencia en Ezequiel 3:18 es un recordatorio sobrio: «Cuando yo diga al impío: Ciertamente morirás; y tú no le amonestes ni le hables, para que el impío sea apercibido de su mal camino a fin de que viva, el impío morirá por su maldad, pero su sangre demandaré de tu mano».
  2. Sin embargo, para muchos, la barrera no es la indiferencia sino la falta de confianza. El miedo a no saber qué decir o cómo empezar nos paraliza. Pablo, al escribir a los creyentes en Éfeso, nos anima a que «se nos dé palabra al abrir la boca para dar a conocer con denuedo el misterio del evangelio» (Efesios 6:19). El poder para testificar no proviene de nosotros, sino del Espíritu Santo que nos capacita (Hechos 1:8).

C. El ejemplo de Jesús en Juan 4 nos muestra que el discipulado personal es posible para todos.

  1. Jesús es el modelo perfecto de un ganador de almas. Su encuentro con la mujer samaritana es una clase magistral de evangelismo personal, demostrando tres cualidades esenciales: amor por las almas, preparación y desinterés.

Discusión

I. Jesús amaba las almas de las personas.

A. Su amor no era un sentimiento pasivo, sino un amor «extrovertido» y proactivo que derribaba barreras sociales y religiosas. Él se relacionó con la mujer samaritana a pesar de las profundas divisiones entre judíos y samaritanos (Juan 4:9), demostrando que el amor genuino supera cualquier prejuicio.

  1. Derribando barreras: La lección aquí es crucial. Si permitimos que el estatus social, la reputación o el miedo al rechazo nos impidan compartir el evangelio, no estamos siguiendo su ejemplo. Jesús no se avergonzó de hablar con una mujer con un pasado turbio o de visitar a los «pecadores» y «recaudadores de impuestos». Lucas 19:7 nos relata cómo las multitudes criticaron a Jesús por ir a la casa de Zaqueo, pero Él respondió con una visión clara: «Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido» (Lucas 19:10).
  2. Encontrando un punto de partida: Como señalas, Jesús siempre encontraba una manera de iniciar una conversación. Él usó una necesidad física («dame de beber») como un puente para una necesidad espiritual («agua viva»). De manera similar, el apóstol Pablo se adaptó a su audiencia en el Areópago de Atenas, usando su altar a un «Dios no conocido» para presentarles al verdadero Creador (Hechos 17:22-23). Aprender a escuchar y a conectar con las personas en su propio contexto nos permite encontrar esos «puntos de partida» para hablar del evangelio.

II. Jesús estaba preparado.

A. La preparación no se trata solo de conocimiento bíblico, sino de discernimiento espiritual y un corazón dispuesto.

  1. Conocimiento bíblico: Es fundamental que todo creyente conozca las Escrituras básicas del plan de salvación. Pablo lo resume en Romanos 10:9: «que si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo». Otras Escrituras clave incluyen Juan 3:16 (el amor de Dios y la salvación por la fe), Romanos 3:23 (el problema del pecado), Romanos 6:23 (la paga del pecado y el don de Dios), y Efesios 2:8-9 (la salvación es por gracia).
  2. Discernimiento y sensibilidad: Como bien mencionas, Jesús conocía el corazón de la mujer samaritana (Juan 4:17-18). Nosotros, aunque no tengamos el discernimiento divino de Jesús, podemos aprender a ser oyentes atentos para entender las preocupaciones, miedos y creencias de las personas. La instrucción de 1 Pedro 3:15 es perfecta: «sino santificad a Cristo como Señor en vuestros corazones, estando siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros». La mansedumbre y el respeto son clave para construir puentes en lugar de levantar muros.

III. Jesús fue desinteresado en su visión de los perdidos.

Jesús no buscaba su propia gloria, sino la del Padre y la salvación de las almas.

  1. Visión global, enfoque personal: Su visión no se limitaba a un grupo selecto. Él tenía una visión que abarcaba el mundo, y sabía que la cosecha estaba lista (Juan 4:35). En lugar de obsesionarnos con edificios o programas, debemos recordar que la misión principal de la iglesia es ser una «casa de oración para todas las naciones» (Marcos 11:17) y llevar el evangelio a todo el mundo (Mateo 24:14).
  2. Alegría compartida: Jesús les dijo a sus discípulos que se alegraran juntos en la cosecha, sin importar quién sembró y quién segó (Juan 4:36-38). Esta visión de trabajo en equipo y alegría compartida es crucial para vencer el egoísmo y los celos. Pablo ejemplificó esta mentalidad al regocijarse de que Cristo fuera predicado, incluso por motivos egoístas, porque «en todo caso, de una manera u otra, sea por pretexto o por verdad, Cristo es anunciado; y en esto me gozo, y me gozaré aún» (Filipenses 1:18). La recompensa no es para el que recibe el crédito, sino para el que es fiel. Como dice 1 Corintios 15:58, «así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano».

Conclusión

A. La recompensa y la advertencia.

El llamado a ganar almas no es sin una recompensa eterna. Pablo nos asegura que los creyentes recibirán un galardón por su servicio fiel (1 Corintios 3:8). Y aunque la gloria celestial es inefable (2 Corintios 12:4), la realidad del infierno es un recordatorio sobrio de por qué debemos ser diligentes. «Sabiendo, pues, el temor del Señor, persuadimos a los hombres» (2 Corintios 5:11).

B. La urgencia de la obra.

La parábola del hombre rico y Lázaro subraya que la oportunidad para arrepentirse es solo en esta vida. El hombre rico, al ver las consecuencias de sus decisiones, deseaba advertir a sus hermanos, pero ya era demasiado tarde. La advertencia es clara: «Debemos hacer las obras de Aquel que me envió, mientras dure el día; la noche viene, cuando nadie puede trabajar» (Juan 9:4).

C. La decisión personal.

Al final, nuestra tarea es ser fieles en la siembra. Como Jesús, debemos presentar las buenas nuevas y dejar que el Espíritu Santo obre en el corazón de las personas para que tomen su propia decisión. ¿Qué harás tú con esta verdad? ¿Elegirás ser un ganador de almas, un sembrador fiel del evangelio, sabiendo que la cosecha está lista y que tu trabajo no es en vano?

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