Una reflexión bíblica sobre el divorcio, la fornicación y las segundas nupcias
Nota editorial: Este artículo nace a raíz de un debate público entre dos hermanos cristianos sobre el tema del divorcio y las segundas nupcias, específicamente a partir de la siguiente proposición:
“La Biblia enseña que el repudiado por fornicación queda libre para volverse a casar y no peca si lo hace.”
A partir de este intercambio, me he visto motivado a examinar con seriedad las Escrituras y compartir lo que, a la luz de la Palabra de Dios, he podido discernir.
La gran pregunta: ¿Qué enseña realmente la Biblia?
El tema del divorcio y del nuevo matrimonio ha sido fuente de intensas discusiones dentro del pueblo de Dios. No es para menos. Toca áreas delicadas como la santidad del matrimonio, el pecado, el perdón, la justicia, la restauración y la esperanza.
En este caso particular, la pregunta es puntual:
¿Puede una persona que ha sido repudiada por causa de fornicación volverse a casar sin cometer adulterio?
O, formulado de otro modo:
¿Existe libertad bíblica para un nuevo comienzo cuando el matrimonio fue roto por el pecado de uno de los cónyuges?
Después de analizar cuidadosamente pasajes como Mateo 19, Mateo 5, Deuteronomio 24, Romanos 7 y 1 Corintios 7, esta es mi conclusión:
Sí, la Biblia permite que quien repudia a su cónyuge por causa de fornicación se vuelva a casar sin pecado.
¿Por qué afirmo esto?
1. Porque Jesús enseñó que hay una causa justa para el divorcio: la fornicación
En Mateo 19:9, el Señor declaró:
“Y yo os digo que cualquiera que repudie a su mujer, salvo por causa de fornicación, y se case con otra, comete adulterio…”
La cláusula “salvo por causa de fornicación” introduce una excepción. Cuando el pacto matrimonial es quebrado por infidelidad, el nuevo matrimonio no es adulterio. El pecado ocurrió con la fornicación, no con la segunda unión del inocente.
2. Porque la ley de Moisés reconoce la posibilidad de nuevas nupcias tras el divorcio (Deuteronomio 24)
Este pasaje no condena a la mujer que, tras ser repudiada por “una cosa indecente” (no es fornicación), se casa con otro hombre. Lo que se prohíbe es volver con el primer marido tras haber estado con el segundo.
Aunque en el hebreo no aparece el verbo “podrá”, el contexto es casuístico y legal. No es una simple descripción, sino una regulación práctica. Que Jesús haga referencia a este texto en Mateo 19 es prueba de que no lo anula, sino que lo contextualiza correctamente.
3. Porque el nuevo matrimonio no puede ser considerado adulterio si el vínculo fue roto legítimamente
Romanos 7:2–3 enseña que la mujer casada está ligada a su marido mientras él vive, pero si muere, queda libre. En casos de fornicación, el vínculo se rompe moral y espiritualmente. No se puede condenar a cadena perpetua al inocente por causa del pecado ajeno.
1 Corintios 7:15 añade:
“Si el incrédulo se separa, sepárese; pues no está el hermano o la hermana sujeto a servidumbre en semejante caso.”
Es decir, el abandono también rompe la obligación conyugal. El evangelio no encierra en esclavitud; libera para vivir en paz.
Pero… ¿Qué pasa con el culpable?
Este es un punto complejo y a menudo incómodo, pero no podemos evitarlo.
1. No tiene derecho automático
La cláusula de excepción dada por Jesús en Mateo 19:9 está claramente dirigida al inocente que repudia por causa de fornicación. El texto no otorga ninguna autorización explícita al culpable para contraer un nuevo matrimonio.
El que quebranta el pacto mediante fornicación ha violado el vínculo sagrado y, por tanto, no puede pretender los beneficios de ese pacto como si nada hubiera ocurrido. Su pecado lo pone en una posición moral y espiritual distinta a la del inocente. La libertad conyugal no le pertenece por derecho; la perdió cuando traicionó el compromiso.
2. El arrepentimiento es esencial, pero no borra automáticamente las consecuencias
Sí, Dios perdona a quien se arrepiente de corazón. La sangre de Cristo cubre todos los pecados, incluida la inmoralidad sexual. Sin embargo, el perdón divino no anula las consecuencias temporales ni restaura automáticamente la condición anterior.
Así como David fue perdonado tras su pecado con Betsabé, pero aún así enfrentó disciplina divina y consecuencias familiares, del mismo modo, el culpable puede recibir gracia, pero no puede reclamar restitución total. El arrepentimiento genuino se manifiesta en humildad, sujeción y aceptación de las secuelas de su falta. Pedir otra oportunidad matrimonial no es algo que pueda exigirse, sino, en todo caso, algo que debe ser evaluado con temor de Dios.
3. Cada caso requiere sabiduría, oración y consejo
Aunque la Escritura no prohíbe de forma absoluta (el texto habla de la excepción con referencia al inocente) que un culpable de fornicación se vuelva a casar, tampoco le concede un permiso general o automático. Aquí no se puede hablar de una regla universal, sino de casos excepcionales que deben ser tratados con extrema cautela.
Cualquier posibilidad de segundas nupcias para quien pecó debe pasar por un camino de:
- arrepentimiento real, no superficial;
- restauración espiritual comprobada a lo largo del tiempo;
- discernimiento sabio y bíblico, sin favoritismos ni relativismos;
- y una clara conciencia de que, aunque Dios puede tener misericordia, no todos los caminos rotos están destinados a ser reconstruidos.
Por tanto, la pregunta no es simplemente “¿puede el culpable volverse a casar?”, sino:
¿Ha sido verdaderamente restaurado? ¿Está buscando una nueva unión por necesidad emocional, o por obediencia y santidad? ¿Es esta la voluntad de Dios, o solo el deseo humano?
Conclusión
La enseñanza de Jesús no fue hecha para encadenar a los inocentes, sino para proteger la santidad del matrimonio y ofrecer restauración a quienes han sido heridos por el pecado.
- El cónyuge inocente que repudia por causa de fornicación queda libre para volverse a casar sin pecado.
- El culpable, aunque puede hallar perdón, debe aceptar que su pecado tiene consecuencias. Su libertad para nuevas nupcias no está garantizada por la Escritura.
Un llamado a la santidad y al discernimiento
Dios instituyó el matrimonio como una unión santa y permanente. Su propósito nunca fue el divorcio, sino la fidelidad. Sin embargo, en un mundo marcado por el pecado, la Palabra también contempla causas legítimas para disolver el vínculo, y caminos de restauración para quienes sufren.
Que el Señor nos dé sabiduría para juzgar con justicia, discernimiento para aplicar Su Palabra, y corazones sensibles para restaurar a los que han caído —siempre con gracia, verdad y fidelidad.
