En julio de 1969, el mundo fue testigo de una hazaña sin precedentes: el hombre llegó a la Luna. Buzz Aldrin, protagonista de este hito, tocó el punto más alto del éxito humano. Sin embargo, al regresar a la Tierra, la gloria se transformó en una profunda depresión y alcoholismo.
Los psicólogos denominaron este fenómeno como «la melancolía de la meta cumplida». Tras gastar ingentes niveles de adrenalina en la misión, la normalidad le resultó vacía e insoportable. Había tocado el cielo, y ahora la tierra le parecía un lugar ajeno.
Esta experiencia humana no es nueva. Hace milenios, el profeta Elías vivió un contraste idéntico. En 1 Reyes 18, lo vemos en el Monte Carmelo restaurando el altar, desafiando a 450 profetas de Baal y haciendo descender fuego del cielo en una victoria total. Pero apenas 24 horas después, en 1 Reyes 19, lo encontramos huyendo por su vida, colapsando bajo un arbusto de enebro y pidiendo la muerte.
¿Cómo se pasa de la victoria absoluta al deseo de morir en un solo día? Hoy exploraremos el remedio de Dios para el alma agotada.
I. La fragilidad de los «Gigantes»: Los hombres más fuertes también se abaten
A menudo caemos en el error de idealizar a los líderes bíblicos, pero la Escritura es honesta y transparente sobre su humanidad. El apóstol Santiago nos recuerda que “Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras” (Santiago 5:17). No era un superhéroe de mármol; era un ser de carne y hueso.
El abatimiento suele ser el «vuelto» de las grandes victorias. El gasto de energía espiritual y física siempre cobra factura. El salmista lo entendía bien: “Él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo” (Salmo 103:14). Incluso el apóstol Pablo confesó en su momento haber sido abrumado más allá de sus fuerzas, perdiendo incluso la esperanza de conservar la vida (2 Corintios 1:8).
El primer remedio de Dios: Nota que, ante la crisis de Elías, Dios no comenzó con un sermón teológico. Le dio comida y descanso. A veces, la acción más espiritual que puedes realizar es dormir bien y nutrir tu cuerpo.
II. El peligro de la «Visión de Túnel»: No decidas bajo el Enebro
El Enebro no es solo un árbol; es un símbolo del lugar donde nos escondemos cuando la presión nos rompe. Bajo su sombra, nuestra visión se distorsiona. Elías cayó en lo que llamamos «visión de túnel»:
- Distorsión de la realidad: Elías afirmó ser el único fiel, cuando Dios aún tenía a 7,000 que no habían doblado su rodilla.
- Deseo de renuncia: Pidió la muerte, ignorando que Dios tenía preparado para él un carro de fuego; su final no sería el polvo, sino la gloria.
Nuestras emociones mienten cuando estamos agotados. El profeta Jeremías advirtió que el corazón es engañoso (Jeremías 17:9). Por eso, Dios confronta a Elías con una pregunta penetrante: “¿Qué haces aquí, Elías?”. El enebro o la cueva del aislamiento no son tu domicilio permanente; son solo una estación de paso.
III. Del susurro al propósito: Una nueva visión de Dios
La restauración de Elías no ocurrió en el estruendo, sino en la intimidad. Dios no estaba en el viento impetuoso, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en un silbo apacible (1 Reyes 19:12).
La cura definitiva para el desánimo no es la autocompasión, sino la reasignación. Dios no le dijo «pobrecito», sino que le renovó la misión: “Ve, vuélvete… unge a Hazael… a Jehú… y a Eliseo”.
- El trabajo enfocado cura la melancolía. Dios le mostró que Su obra continuaba y que Elías aún era una pieza clave en el rompecabezas divino.
- La transición del aislamiento a la comunión: Debemos salir de la soledad del enebro para entrar en la transparencia de la «higuera» (como Natanael en Juan 1:48), donde Dios nos ve y nos revela Su gloria.
Conclusión: Largo camino te resta
Si hoy te encuentras bajo la sombra de tu propio enebro, sintiéndote solo o agotado, recuerda esto: No tomes decisiones definitivas en momentos de valle. Tu historia no termina en el desierto. Dios te dice hoy lo mismo que a Elías: «Levántate, come, porque largo camino te resta». Tu misión no ha terminado; hay un «Eliseo» esperando ser instruido por ti y una obra que solo tú, con la gracia de Dios, puedes completar.
