Introducción

Las palabras más difíciles que un ser humano puede escuchar son las que le informan que su tiempo en este mundo está llegando a su fin. Ezequías, rey de Judá, las escuchó de la boca del profeta Isaías sin ningún preámbulo diplomático: «Jehová dice así: Ordena tu casa, porque morirás, y no vivirás» (2 Reyes 20:1). En ese momento, Ezequías enfrentaba simultáneamente dos crisis de proporciones devastadoras: la amenaza de invasión asiria que ponía en peligro a toda su nación, y una enfermedad mortal que ponía en peligro su propia vida.

El mandato divino «ordena tu casa» es de una profundidad que trasciende las circunstancias específicas de Ezequías. En el contexto inmediato significa dar las últimas instrucciones a su familia, dejar los asuntos del reino en orden, prepararse para la muerte que se acercaba. Pero en el sentido más amplio que la Palabra de Dios le da, ordenar la casa significa vivir la vida de tal manera que en cualquier momento —no solo en el lecho de muerte— las cuentas con Dios estén al día, la familia haya recibido la herencia espiritual que merece, y la vida propia pueda presentarse ante Dios sin vergüenza.

«Pero hágase todo decentemente y con orden» (1 Corintios 14:40). Esta exhortación paulina, aunque dirigida originalmente a la conducta en la asamblea, expresa un principio que abarca la totalidad de la vida cristiana: el Dios de la creación es un Dios de orden, y la vida que le honra es una vida ordenada conforme a su voluntad.

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I. La vida limitada: por qué ordenar la casa no puede esperar

El primer fundamento de la urgencia de este mandato es la realidad ineludible de la muerte. Hebreos 9:27 lo enuncia con la brevedad de una sentencia inapelable: «Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio». No hay segunda oportunidad después de la muerte. No hay un período de gracia posterior en el que las cuentas puedan arreglarse. El juicio sigue inmediatamente, y en ese juicio comparecerá todo lo que la vida fue o dejó de ser.

La enfermedad de Ezequías en el contexto de una amenaza militar es un recordatorio de que los problemas de la vida rara vez llegan de uno en uno. «Los problemas muchas veces vienen en parejas», señala el sermón con una observación que cualquier persona con experiencia de vida reconocerá como verdadera. La inversión fracasa cuando el empleado muere. La enfermedad llega cuando los hijos más necesitan al padre. La crisis espiritual coincide con la crisis económica. La vida real no administra sus dificultades con consideración hacia nuestros recursos disponibles.

Pero Dios sí es suficiente para los problemas que llegan en parejas. El Salmo 46:1–3 proclama con una confianza que ninguna circunstancia puede desarraigar: «Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida, y se traspasen los montes al corazón del mar». La montaña que se mueve, el mar que brama, la tierra que tiembla: estas son las imágenes del caos más extremo que la imaginación humana puede concebir. Y ante todo eso, el salmista no teme, no porque los problemas sean menos reales, sino porque el Dios que los enfrenta con él es más real que todos ellos juntos.

La muerte es el último enemigo, como Pablo la llama en 1 Corintios 15:26: «Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte». Ese enemigo será destruido definitivamente en la resurrección final. Pero mientras tanto, cada ser humano tiene una cita con él que nadie conoce con anticipación. Por eso la exhortación de ordenar la casa no puede ser diferida indefinidamente. Cada día que se vive es una oportunidad de ordenar lo que necesita ser ordenado; y el día en que esa oportunidad ya no esté disponible es el día en que ninguna decisión puede revertir lo que se dejó en desorden.

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II. Ezequías: el modelo del hombre que vivió ordenadamente ante Dios

Lo que hace tan poderoso el relato de Ezequías no es que recibió el mandato de ordenar su casa, sino la razón por la que ese mandato fue seguido de una respuesta extraordinaria de Dios. Cuando Ezequías escuchó la sentencia de muerte, volvió su rostro a la pared y oró con palabras que revelan el fundamento de toda su vida: «Te ruego, oh Jehová, que te acuerdes de que he andado delante de ti en verdad y con íntegro corazón, y que he hecho las cosas que te agradan» (2 Reyes 20:3).

Esta oración no es arrogancia. No es un hombre reclamando méritos que cree haber acumulado para negociar con Dios. Es un hombre haciendo una apelación honesta basada en una historia real: había andado en verdad, con corazón íntegro, haciendo lo que agradaba a Dios. Y esa historia era verificable porque había sido vivida a la vista de Dios y de su pueblo durante años, no fabricada en el momento de la crisis para impresionar al cielo.

2 Crónicas 29–31 documenta los detalles de esa vida ordenada ante Dios: Ezequías purificó el templo que su padre Acaz había profanado, restauró el culto levítico que había sido abandonado, celebró la Pascua con una magnitud que no se había visto desde los días de Salomón, y destruyó los lugares altos e ídolos que corrompían la adoración del pueblo. No fue un rey que mantuvo las formas religiosas mientras vivía de otra manera en privado; fue un hombre cuya vida pública y privada estaba alineada con su profesión de fe.

Este es el retrato del hombre que puede ordenar su casa porque su casa ya estaba en orden. No hubo que inventar en el lecho de muerte una piedad que no había sido practicada durante la vida. No hubo que rectificar apresuradamente un testimonio que había sido inconsistente durante años. Ezequías llegó a ese momento difícil con la paz del que sabe que ha andado delante de Dios de la manera que Dios mismo describe como agradable.

La respuesta de Dios fue igualmente extraordinaria: antes de que Isaías saliera del patio central, Dios lo envió de regreso con un mensaje completamente diferente. «He oído tu oración, y he visto tus lágrimas; he aquí que yo te sano; al tercer día subirás a la casa de Jehová» (2 Reyes 20:5). Quince años más de vida. Esta no es una promesa general de que todo el que ora recibirá sanidad física; es el registro de la respuesta específica de Dios a la oración específica de un hombre específico que había vivido ordenadamente ante él. Pero el principio que ilustra tiene alcance universal: la perseverancia en la oración y la obediencia a Dios son el camino por el que su gracia fluye hacia sus hijos en la necesidad.

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III. Ordenar la casa: lo que eso significa para el creyente hoy

El mandato «ordena tu casa» tiene aplicaciones concretas que van más allá de preparar un testamento o escribir instrucciones finales para la familia. Para el creyente del Nuevo Testamento, ordenar la casa significa poner en orden todos los aspectos de la vida que están bajo su responsabilidad conforme a la voluntad de Dios.

En primer lugar, significa buscar primeramente el reino de Dios. Mateo 6:33 lo formula como la prioridad que reorganiza todas las demás: «Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas». La casa desordenada que más necesita ser puesta en orden no es necesariamente la casa física; es la escala de prioridades interna que determina cómo se distribuyen el tiempo, la energía y los recursos. El creyente que pone a Dios en el primer lugar de sus prioridades tiene la casa ordenada en el sentido más fundamental; el que lo pone en el segundo o el tercero tiene una casa que parece ordenada pero tiene su fundamento al revés.

En segundo lugar, ordenar la casa significa conducirse bien en la casa de Dios. 1 Timoteo 3:15 establece que la iglesia es la casa del Dios vivo, columna y baluarte de la verdad. El creyente que es fiel en la casa de Dios —que se congrega regularmente, que participa con el corazón en los cinco actos de adoración, que se considera con los hermanos para estimularlos al amor y a las buenas obras— está ordenando la parte más importante de su vida espiritual.

Hebreos 10:22–25 describe los elementos de esa conducta ordenada en la casa de Dios: acercarse con corazón sincero y plena certidumbre de fe; mantenerse firme sin fluctuar en la profesión de la esperanza; considerarse unos a otros para estimularse al amor y a las buenas obras; y no dejar de congregarse. Estos cuatro elementos constituyen la vida cristiana comunitaria en su expresión más completa, y su abandono —como Hebreos 3:12 y 10:38 advierten— es el comienzo del retroceso que aparta del Dios vivo y no agrada a su alma.

En tercer lugar, ordenar la casa significa vivir con obediencia activa a la voluntad de Cristo. El modelo supremo de esa obediencia es el propio Hijo de Dios: «Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen» (Hebreos 5:8–9). Cristo aprendió la obediencia a través del sufrimiento, y ese aprendizaje completado lo convirtió en la fuente de salvación eterna para todos los que le obedecen. La obediencia no es la condición para merecer la salvación; es la condición para recibirla y para permanecer en ella.

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IV. La oración de quien ha ordenado su casa

Hay una diferencia profunda entre la oración del que llega a Dios con la vida desordenada y pide urgentemente que Dios arregle lo que ha sido descuidado, y la oración del que ha andado delante de Dios con íntegro corazón y llega a él con la confianza del que conoce la fidelidad del Padre.

Ezequías no oró desde el vacío. Oró desde una historia. Cuando dijo «recuerda que he andado delante de ti en verdad», estaba haciendo una apelación a algo real, verificable, consistente. La intimidad de su oración —»volvió su rostro a la pared y lloró con gran lloro» (2 Reyes 20:3)— no era la desesperación del que no tiene a quién acudir; era la intimidad del hijo que sabe que el Padre escucha y que ha demostrado esa certeza con toda su vida.

1 Juan 3:21–22 describe esta dinámica con una claridad que resulta a la vez exigente y consoladora: «Amados, si nuestro corazón no nos reprende, confianza tenemos en Dios; y cualquier cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él». La confianza en la oración no nace de la presunción; nace de la coherencia entre la vida que se vive y las peticiones que se elevan. El que guarda los mandamientos y hace lo agradable delante de Dios tiene bases reales para orar con confianza, no porque haya ganado un derecho sino porque vive en la relación que Dios mismo ha establecido como el contexto en que la oración florece.

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Conclusión

«Ordena tu casa.» El mandato de Dios a Ezequías es un mandato que cada creyente necesita escuchar antes de que llegue la crisis que hace urgente lo que debió haber sido siempre prioritario. No se puede ordenar la casa en el lecho de muerte con la misma profundidad que se puede ordenar durante los años de vida activa. Las conversaciones espirituales con los hijos, el testimonio consistente ante la familia, la fidelidad al culto, la obediencia a los mandamientos, el servicio en la iglesia: todo esto construye la casa ordenada que puede presentarse ante Dios con la confianza de Ezequías, no con la ansiedad del que descubrió demasiado tarde que había vivido en desorden.

La buena noticia es que el mismo Dios que envió el mensaje de muerte a Ezequías también escuchó su oración y le añadió quince años de vida. El Dios que ordena ordenar la casa también provee la gracia para hacerlo. El que hoy descubre que su casa no está en orden no necesita desesperarse; necesita lo que Ezequías hizo: volver su rostro a Dios con corazón íntegro, pedir la gracia para comenzar a ordenar lo que ha estado en desorden, y comprometerse a andar delante de él en verdad desde este día en adelante.

Ordena tu casa hoy. No porque la muerte sea inminente —aunque siempre lo sea más de lo que pensamos— sino porque vivir con la casa en orden es la forma más plena de la vida que Dios diseñó para sus hijos. Un corazón íntegro, una familia instruida en la Palabra, una vida fiel en la casa de Dios, una obediencia activa al evangelio de Cristo: eso es la casa ordenada que puede recibir con paz cualquier mensaje que venga del cielo.

— Hoswaldo Moreno Parrales, Evangelista

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