La parábola del hijo prodigo ha sido descrita como «la historia mas corta en el mundo.» Habla del pecado, la tristeza y la salvación. Expone el deseo pecaminoso que llevo a la demanda, partida, destitución y degradación del hijo. Revela la fortaleza de carácter, mientras el Pródigo llega a comprenderse consigo mismo, se arrepiente, y retorna con resignación a su padre. Proclama el gozo de la restauración, y articula la belleza de un padre perdonador. Expresa la actitud que debiéramos tener hacia aquellos que retornan a Dios desde una «provincia apartada.»

La parábola del Hijo Pródigo es un drama que es repetido frecuentemente. Mientras la cortina surge, observamos a un joven que ha caído en tiempos difíciles. Esta alimentado marranos. Esta despojado del dinero y amigos; está hambriento. A pesar de su ambiente hediondo, es tentado a comer las algarrobas que los puercos estaban comiendo.

¿A qué podemos atribuir esta situación desagradable? ¿Cómo llegó él a este trágico fin? Todo empezó con la demanda de su herencia y el desordenado deseo que lo impulso a esto. Las Escrituras implican que quiso su herencia de manera que pudiera irse a una provincia lejana y gastarla en un vivir desenfrenado (versículo 13). Quiso experimentar los placeres carnales de la vida. Yo pensaría, recordando un tiempo en mi juventud, que había una canción en su corazón y un salto en sus pies mientras dejaba la casa de su padre, alborozado, casi atolondrado con el excitante sentido de libertad.

Estaba saliendo de la supervisión de su padre: no continúa escuchando «no hagas eso,» y «haz esto.» Podría ir donde quisiera. Podría hacer lo que quisiera. ¡Que día tan maravilloso! ¡Es grandioso estar vivo!

Mantenido a flote por el sentido de libertad, en realidad, estaba zambulléndose a sí mismo en esclavitud: «Les prometen libertad, y son ellos mismos esclavos de corrupción. Porque el que es vencido por alguno es hecho esclavo del que lo venció» (2 Ped. 2:19). Pertenecemos a aquel a quien servimos. «De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado» (Juan 8:34). Permanecemos libres mientras vivamos dentro de los confines de la ley de Dios.

Este joven «juntándolo todo…se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente» (versículo 13). Los que posiblemente tomaron años acumularlos se fueron «bajo el desagüe» en una insensible búsqueda de placer. El Pródigo vivió en ese presente sin ningún pensamiento del futuro. El pecado es derroche: un derroche de tiempo, talento, y dinero.

Su disipación contribuyó a su destitución. El Pródigo se encontró a sí mismo en necesidad (versículo 14). Esto es como nos deja el pecado. Nunca cumple sus promesas; no satisface. Deja un insondable vacío que clama por el cumplimiento. Despojado de amigos y fondos, el Hijo Pródigo «se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos» (versículo 15).

Esto es donde lo encontramos cuando empezamos este artículo. No tenía a nadie a quien echarle la culpa sino a sí mismo. No podía echarla la culpa a su padre, amigos, o a la sociedad. Su vida era lo que escogió que fuera. El hizo la decisión; es el responsable; debe aceptar las consecuencias.

El magnificó sus derechos legales para la exclusión de sus derechos morales. Los derechos concedidos a nosotros por la ley no siempre son los mismos como los derechos morales. Hay pecados que podríamos cometer legalmente, pero no moralmente. Bajo la sombrilla de los derechos legales el Pródigo llevó a cabo su mal designio. ¡Gente Joven! Mientras usted deja el hogar para entrar a las altas escuelas del aprendizaje, usted puede vivir en el arroyo de la calle si es lo que desea. Tiene el derecho legal para hacerlo, pero no el derecho moral. El Hijo Pródigo no distinguió entre los dos.

¿Ahora qué debe hacer? ¿Continuar su «pocilga» existencia? ¿Robarle a alguien? ¿Cometer suicidio? Para su crédito, «volvió en sí» (v.17). Resolvió volver a su padre, hacer su confesión de pecado y reconocer su indignidad. Retornó con resignación, y con la feliz contemplación de la restauración.

«…cuando aún estaba lejos, lo vio su padre» (versículo 20). Ahora, algunos padres se habrían dicho a sí mismos, «Bueno, aquí viene. Sabía que regresaría cuando gastara su dinero y tuviera hambre.» Nosotros padres podríamos haber escuchado su confesión más bien estoicamente, luego respondiendo severamente, «Regresa a tu cuarto, y cuando te hayas probado, hablaremos acerca de esto.»

¡Pero no este padre! «…fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.» El becerro gordo fue muerto. El hijo arrepentido fue vestido con las vestimentas reservadas para los invitados de honor. El anillo sugerente del pacto de amor, fue colocado en su dedo. Calzado fue puesto en sus pies (descalzo sugiera vergüenza y dolor). Este fue un momento feliz: «Porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado» (v.24).

Ahora, el hermano mayor…pero, eso es otra historia. Para aquellos de ustedes que han dejado al Padre por un estilo de vida de «pocilga» en una «provincia apartada,» retornen al Padre. El es misericordioso y perdonador. Su retorno hará que los ángeles en el cielo se regocijen (versículo 10).

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