Desde tiempos inmemoriales, la humanidad pensante se ha cuestionado la esencia y el origen del amor. ¿Qué es realmente el amor? ¿De dónde procede esa fuerza que nos impulsa a buscar y anhelar ser amados? Mientras muchos jóvenes hablan del amor idealizado de las novelas y poesías, pocos se detienen a considerar estas preguntas fundamentales. Al contemplar el amor incondicional de una madre, surge una profunda reflexión sobre la fuente, la razón y la naturaleza de este fenómeno moral. Es una verdad universal que el agua no puede elevarse por encima de su fuente, ni el efecto puede superar a su causa. De igual manera, la magnitud del amor terrenal apunta hacia una fuente superior. (1 Juan 1:7)
El Amor Inherente en la Naturaleza
El amor hacia los hijos no es producto del razonamiento humano (Isaías 49:15). No podemos afirmar que el amor hacia nuestros hijos es meramente el resultado de un desarrollo intelectual que nos ha llevado a apreciar su valor y sus posibilidades. Aunque esta perspectiva puede influir en parte, la realidad es que el amor va mucho más allá de un cálculo racional. No hemos inventado el amor como hemos creado la radio, la televisión o los automóviles.
El amor no fue inventado por el hombre, es obra de Dios en toda criatura (Salmo 84:3; Salmo 104:27-30). Observemos a los pequeños pájaros: en la primavera, se privan del placer de volar libremente de rama en rama. ¿Qué cadenas los atan al nido? No están enfermos; por el contrario, las parejas se turnan para alimentar a sus crías. Es el instinto que Dios mismo ha infundido en ellos. Cuando encuentran un pequeño gusano, ¡qué sabroso! Y con el mismo deleite y sacrificio, lo llevan a sus polluelos, tal como una madre amorosa nos provee alimento, muchas veces privándose ella misma. Cuando amas a tu hijo, no es simplemente por tu propia voluntad; es Dios quien te capacita para amar, de la misma manera que lo hace con el pajarillo. El Creador de cada ser en la naturaleza, Aquel que ha puesto en ellos el instinto del amor, ¿qué clase de Ser debe ser?
«Dios es Amor», la Revelación Suprema
El apóstol Juan nos lo afirma categóricamente: «Dios es amor». Esta declaración no es una simple frase, sino la base de toda existencia y redención.
Primero, Dios creó por amor (Jeremías 31:3) para compartir su infinita felicidad con una pluralidad de seres. Su deseo de expandir la dicha es el motor de la creación.
Segundo, Él sostiene la vida en el universo por amor (1 Juan 4:16). Cada ciclo vital, cada ecosistema, cada aliento de vida es un testimonio de su cuidado providencial.
Tercero, y quizás lo más asombroso, Dios salva por amor (Juan 3:16) a lo caído, a lo manchado, incluso al más vil pecador, sin importar cuán bajo haya caído. Su amor redentor se extiende a la humanidad herida por el pecado.
La Armonía entre la Naturaleza y la Revelación
Tanto la naturaleza como la revelación divina se unen en un testimonio irrefutable: nos presentan a Dios como un Ser eminentemente amante, extraordinariamente compasivo y digno de toda nuestra adoración. Cada detalle de la creación y cada palabra de su Palabra nos susurran de su amor inagotable. (Salmo 19:1; Romanos 1:20)
Las Catástrofes Naturales: Una Perspectiva de Fe
Quizás surja la pregunta: «¿Y qué de los terremotos? ¿Y los ciclones? ¿Y las pestes?». La respuesta, lejos de ser una negación del amor divino, nos invita a una comprensión más profunda.
La muerte no niega el amor de Dios (Salmo 116:15; Filipenses 1:21). El doble carácter de la muerte nos enseña que ni el fenómeno de la muerte misma, ni ninguna desgracia que la promueva, son suficientes para hacernos dudar de la existencia o del amor de Dios. Esto es especialmente cierto mientras nos encontramos en un mundo que rebosa de la sabiduría y el amor de Dios por todas partes. Morir en una catástrofe no es un fin sin sentido, sino un atajo hacia la gloria o, para aquellos que no le conocen, hacia el Hades para esperar el juicio final.
El amor de Dios se ve aún en placeres naturales (Eclesiastés 3:11; 1 Timoteo 6:17). El amor y la sabiduría de Dios se manifiestan en todas las obras admirables de la naturaleza, incluso si en este mundo pasajero están destinadas a brindarnos goce y placer durante el corto tiempo de nuestra vida. Consideremos algunos ejemplos:
- Todos poseemos en la parte delantera de la lengua, bajo el paladar, las papilas gustativas, que nos permiten saborear la multitud de frutos de la naturaleza o las delicias creadas por el arte culinario y pastelero. ¡Qué deleite en cada sabor!
- ¿Y qué decir de la visión? En nuestros cuerpos, formados por células opacas, hay dos pequeños puntos donde las células no son de carne maciza, sino lentes transparentes que nos permiten contemplar la belleza de los paisajes y el rostro de nuestros seres amados.
- ¿Y el oído? ¡Qué maravilla son nuestros oídos, que nos permiten escuchar la sinfonía de la música y la dulce voz de aquellos que amamos!
Dios desea que los seres humanos seamos felices y disfrutemos durante el término de nuestra vida. Así leemos en Eclesiastés 11:9: «Alégrate, joven, en tu juventud, y tome placer tu corazón en los días de tu adolescencia; y anda en los caminos de tu corazón y en la vista de tus ojos; pero sabe, que sobre todas estas cosas te juzgará Dios.» Y en 12:7: «el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio.» El goce de la vida no es un fin en sí mismo, sino una invitación a reconocer al Dador de toda cosa buena.
La Prueba Suprema: La Redención
Dios se hizo hombre (Filipenses 2:6–8). A Dios no le costó nada actuar con la potencia de su Espíritu sobre los elementos inertes de la tierra, producir vida y guiar las células vivas para que se organizaran de un modo tan admirable. Sin embargo, la Sagrada Escritura nos revela una verdad infinitamente más profunda: Jesucristo era Dios desde la eternidad, y sin embargo, tomó la forma externa de un hombre (Juan 15:13). Fue un desdoblamiento de Dios mismo. Se hizo hombre y habitó entre nosotros, y se dejó clavar en la cruz, la muerte más cruel de su tiempo. Pudiendo librarse, no lo hizo. Podía apelar a legiones de ángeles, como le dijo a Pedro, pero esos ángeles se abstuvieron en las alturas para que nosotros, hoy, podamos decir con el apóstol Juan: «El amor de Cristo nos constriñe…» y «Nosotros le amamos a Él porque Él nos amó primero». (2 Corintios 5:14; 1 Juan 4:19)
Esta es la prueba irrefutable de la culpabilidad de todos aquellos que han desoído el Evangelio. La profecía dice: «Mirarán a Aquel a quien traspasaron» (Zacarías 12:10). ¿No vale la pena agradecer este amor tan inmenso?
No se trata de ser fanáticos, sino de cultivar corazones agradecidos. ¿Qué dirías si tu propio hijo te ignorara y se olvidara de todas tus atenciones a lo largo de su vida? Así muchos olvidan a Dios, y el veredicto final será doloroso: «¡No os conozco!». Y con profundo pesar, Él tendrá que separar a aquellos que no se ocuparon de sus cosas en esta vida. (Mateo 7:23)
Conclusión: Respondiendo al Amor Divino
¿A quién quieres en tu casa? A tus hijos, no a los extraños. Juan lo expresa con claridad: «Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a Él» (1 Juan 3:1).
Digamos, pues, con todo nuestro ser: «Señor, hazme tu hijo por amor a Jesús». Y una vez que hemos experimentado este amor transformador, ¿cómo podemos dar pruebas del amor que le tenemos?
- Guardando sus mandamientos: «Si me amáis, guardad mis mandamientos.»
- Testificando de Él: «El que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos.»
- Amando al prójimo: Como dijo el Señor, «Amaos unos a otros… este es mi mandamiento.»
Este amor, que supera el más tierno afecto materno, nos invita a una relación de obediencia, testimonio y servicio, reflejando así la grandeza de Aquel que nos amó primero.
