El trabajo del Espíritu Santo no es uniforme; se manifiesta de diversas maneras según la función del creyente y el momento específico en la historia de la redención. Para comprender Su obra actual, es imperativo distinguir entre tres «medidas» o escenarios de Su operación: los Apóstoles, aquellos que recibieron la imposición de manos y los cristianos de la actualidad.
I. La Medida Apostólica: Inspiración y Dominación
La pregunta fundamental es: ¿Habitó el Espíritu Santo en los apóstoles? La respuesta es un sí contundente, pero de una manera distintiva y superior debido a su cargo oficial. Esta morada no fue una experiencia «mística» o subjetiva, sino una realidad evidente e incuestionable. Jesús, tras Su resurrección, ordenó a sus discípulos no salir de Jerusalén hasta ser «bautizados con el Espíritu Santo» (Hechos 1:4-5), un evento sobrenatural que los invistió de poder para ser testigos infalibles (Hechos 2:1-4).
Esta morada se define mejor a través del concepto de Dominación Divina. Lejos de ser un simple sentimiento o una anulación de la personalidad, la dominación (del latín dominus, «señor») representa el gobierno soberano del Espíritu sobre el proceso de revelación. El Espíritu actuó como el Dueño y Autor principal, utilizando a los apóstoles como instrumentos. No fue un «dictado mecánico», sino una dirección infalible donde el Espíritu ejercía tal control sobre las facultades intelectuales de los hombres que garantizaba un mensaje sin errores (Juan 14:26; 16:12), permitiéndoles recordar las enseñanzas de Jesús, revelar el plan completo de Dios y predecir eventos futuros.
Para comprender el lenguaje de la Biblia al respecto, debemos aplicar la Metonimia, una figura retórica que consiste en designar una cosa con el nombre de otra por su asociación cercana (como cuando Lucas 16:29 dice que «tienen a Moisés», refiriéndose a sus escritos). De la misma forma, cuando se habla de la «morada» en los apóstoles, se refiere a una relación de unión y sumisión total donde el Espíritu es la causa y la sabiduría revelada es el efecto. Así, «no apagar al Espíritu» (1 Tesalonicenses 5:19) no es un acto contra la Deidad misma, sino contra la influencia del mensaje inspirado que Él comunica.
II. La Medida por Imposición de Manos: El Caso de Felipe
El segundo escenario involucra a quienes recibieron dones mediante la imposición de manos. En el Nuevo Testamento, este acto simbólico expresaba identidad y comunión. Si bien Jesús lo usó para sanar y bendecir, en la iglesia apostólica adquirió una función de transferencia de dones milagrosos (charismata). Hechos 19:6 muestra que, tras este acto, el Espíritu venía sobre los creyentes permitiéndoles hablar en lenguas y profetizar para edificar a la iglesia mientras se completaba el canon bíblico.
El caso de Felipe en Hechos 8 es la «llave maestra» para distinguir estas operaciones. Felipe, aunque poseía dones extraordinarios para sanar y hacer señales en Samaria, tenía una naturaleza limitada: no podía transferir ese poder a otros. Por esta razón, fue necesaria la visita de los apóstoles Pedro y Juan. Los samaritanos ya habían creído y se habían bautizado, pero el Espíritu milagroso aún no había «caído» sobre ellos. Solo cuando los apóstoles impusieron las manos, se manifestó esa medida sobrenatural. Esto demuestra que los dones milagrosos eran temporales y cesaron al morir los apóstoles y la generación que recibió sus manos, pues su función de confirmar la palabra predicada ya se había cumplido.
III. El Don del Espíritu en el Cristiano Actual
Finalmente, llegamos a nuestra realidad actual. ¿Qué recibimos hoy según Hechos 2:38? Recibimos el «Don del Espíritu Santo». Es crucial entender que esto no es el bautismo milagroso de los apóstoles, sino el Espíritu mismo dado como un regalo y una promesa general a todo aquel que se arrepiente y es bautizado.
En la actualidad, el Espíritu opera de manera mediata u objetiva, utilizando la Biblia como Su «espada» (Efesios 6:17). Ya no hay nuevas revelaciones milagrosas; el Espíritu utiliza el mensaje del Evangelio para convencer al mundo de pecado y justicia. Su morada en nosotros es un Sello y Garantía (arras) de nuestra herencia eterna, ejerciendo una influencia santificadora que nos aparta para Dios. A medida que obedecemos la verdad revelada, el Espíritu moldea nuestro carácter para producir Su fruto (amor, gozo, paz) e intercede por nosotros en nuestra debilidad, proporcionando la estabilidad necesaria para las pruebas.
Resumen de la Distinción
En conclusión, la historia de la redención nos muestra un diseño ordenado:
- Los Apóstoles: Recibieron el Espíritu directamente (Bautismo) para revelar la verdad infalible.
- Felipe y su generación: Recibieron el Espíritu indirectamente (Manos apostólicas) para confirmar la palabra con milagros.
- Los Cristianos hoy: Recibimos el Espíritu como un Don mediante la obediencia al Evangelio, siendo guiados por Su presencia a través de la Palabra escrita.
Conclusión
La operación del Espíritu Santo se resume en la transición de lo extraordinario a lo permanente. En el principio, el Espíritu ejerció una dominación divina sobre los apóstoles, asegurando que el fundamento de nuestra fe —la Biblia— fuera infalible y puro. Posteriormente, utilizó la imposición de manos como un andamiaje temporal para confirmar ese mensaje mediante señales, permitiendo que la iglesia primitiva creciera mientras la revelación escrita se completaba.
Hoy, esa labor de revelación y confirmación ha culminado. El Espíritu ya no necesita «gritar» a través de milagros físicos lo que ya ha dejado «escrito» con claridad eterna. Su morada en el cristiano actual, entendida correctamente a través de la metonimia, no es una posesión mística que anula nuestra razón, sino una influencia relacional y profunda. Él habita en nosotros en la medida en que Su Palabra —la Espada del Espíritu— habita en nuestros corazones.
En definitiva, ser «guiados por el Espíritu» en la actualidad no es perseguir nuevas revelaciones o impulsos emocionales, sino someter nuestra voluntad a la autoridad objetiva de las Escrituras. El mismo Espíritu que gobernó las mentes de los apóstoles para darnos una Palabra perfecta, es el que hoy gobierna nuestras vidas a través de esa misma Palabra para transformarnos a la imagen de Cristo. Nuestra seguridad no descansa en lo que sentimos, sino en lo que el Espíritu ha revelado de manera inmutable.
