Historia, Identidad y el Criterio de la Hermandad
Una lección expositiva sobre el Movimiento de Restauración, la división liberal-conservadora y la pregunta bíblica de quién es nuestro hermano.

Manuel López

Introducción

Toda generación de la iglesia del Señor se ve obligada, tarde o temprano, a responder la misma pregunta que atravesó a la iglesia primitiva desde sus primeros años: ¿dónde termina la libertad de conciencia y dónde comienza la apostasía? El apóstol Pablo advirtió a los efesios que después de su partida entrarían “lobos rapaces” que no perdonarían al rebaño (Hechos 20:29), y advirtió también que de en medio de ellos mismos se levantarían hombres que hablarían cosas perversas para arrastrar discípulos tras sí (Hechos 20:30). Esta profecía no se cumplió una sola vez en el primer siglo; se ha repetido, con matices distintos, cada vez que el pueblo de Dios ha tenido que discernir entre la sana doctrina y las desviaciones que, aun vistiéndose con el mismo nombre, terminan sirviendo a un evangelio distinto (Gálatas 1:6-9). La presente lección busca trazar, con la mayor objetividad posible, el origen histórico de la división entre lo que hoy conocemos como la línea conservadora y la línea liberal o progresista dentro del movimiento restauracionista, para luego llegar a la pregunta más delicada y más necesaria: ¿qué determina, en última instancia, quién es verdaderamente mi hermano en Cristo?

I. El ideal original: restaurar, no fundar

El movimiento del cual procede la iglesia de Cristo contemporánea nació en el territorio norteamericano a comienzos del siglo XIX, no como un intento de fundar una nueva secta, sino como un esfuerzo sincero por despojar al cristianismo de los credos humanos acumulados durante siglos y regresar exclusivamente al patrón del Nuevo Testamento. Bajo el liderazgo de Barton W. Stone en Kentucky y de Thomas Campbell y su hijo Alejandro en la frontera de Virginia Occidental y Pensilvania, se articuló un principio que se convertiría en la piedra angular de toda la predicación posterior: hablar donde la Escritura habla y callar donde ella calla. Este principio no era una consigna retórica; era, en esencia, una aplicación práctica de la advertencia que Pablo dejó a los corintios cuando les exhortó a no ir “más allá de lo que está escrito” (1 Corintios 4:6), y del mandato que el mismo Cristo confirmó cuando declaró que toda planta que su Padre celestial no plantó sería desarraigada (Mateo 15:13).

Es importante subrayar, antes de continuar, que este movimiento no pretendía inventar la iglesia, sino restaurarla a su forma original. La promesa del Señor de que edificaría su iglesia y que las puertas del Hades no prevalecerían contra ella (Mateo 16:18) no permite pensar que el cuerpo de Cristo desapareció por completo durante siglos para luego resurgir en América; lo que sí es históricamente innegable es que las prácticas humanas —jerarquías eclesiásticas, credos formales, instrumentos musicales, estructuras denominacionales— se habían multiplicado hasta el punto de oscurecer el patrón original, y que este movimiento apuntó, con sinceridad genuina, a despejar ese camino.

II. La primera fractura: 1849-1906

La semilla de la primera gran división no fue doctrinal en el sentido estricto, sino organizacional, y por eso mismo resulta instructiva para el debate que hoy nos ocupa. En 1849 se estableció la Sociedad Misionera Americana, bajo el impulso de Alejandro Campbell, con el propósito de coordinar el envío de predicadores a distintas partes del mundo. El razonamiento parecía intachable: puesto que Cristo mandó predicar el evangelio a toda criatura (Marcos 16:15), y puesto que la Escritura no especifica el método exacto para hacerlo, se argumentó que las iglesias locales podían legítimamente delegar esa tarea en una organización humana centralizada.

El error, sin embargo, no residía en la meta —predicar el evangelio— sino en el agente elegido para cumplirla. El diseño neotestamentario de la iglesia local, con sus ancianos supervisando únicamente el rebaño que tienen entre manos (Hechos 20:28; 1 Pedro 5:2), no contempla una estructura intermedia entre la congregación autónoma y la obra que Dios le encomendó. Cuando esa distinción se disolvió, se abrió la puerta a una lógica que, con el tiempo, terminaría redefiniendo no solo la forma de organización sino la doctrina misma. A la Sociedad Misionera le siguió la introducción del instrumento musical en el culto, práctica ajena por completo al patrón apostólico registrado en Efesios 5:19 y Colosenses 3:16, donde el mandato es explícitamente cantar, sin mención alguna de instrumentos mecánicos.

Para 1906, cuando el censo religioso de los Estados Unidos comenzó a registrar a estas congregaciones como dos cuerpos separados, la ruptura ya era un hecho consumado en la práctica, aunque tardara décadas en formalizarse en el papel. De un lado quedaron las Iglesias de Cristo, fieles al canto a capela y a la autonomía congregacional sin sociedades centralizadas; del otro, la Iglesia Cristiana, también conocida como Discípulos de Cristo, que abandonó ambas convicciones y que, con el paso de las generaciones, se convirtió en una de las denominaciones protestantes más abiertamente liberales de los Estados Unidos, hasta el punto de distanciarse de doctrinas fundamentales como la necesidad del bautismo o la autoridad exclusiva de la Escritura.

III. La segunda fractura: la iglesia patrocinadora y el auge institucional

Un siglo después de la Sociedad Misionera de 1849, el mismo patrón de razonamiento volvió a presentarse, esta vez bajo una forma distinta. Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, numerosos hermanos que habían servido como soldados en tierras lejanas regresaron con un fervor renovado por la evangelización mundial. De ese fervor surgió el llamado arreglo de “iglesia patrocinadora”: una congregación numerosa asumía la coordinación de la obra misionera en una región determinada, mientras otras iglesias enviaban parte de sus ofrendas para sostener ese esfuerzo bajo la supervisión de los ancianos de la iglesia patrocinadora.

Al mismo razonamiento organizacional se sumó, en esos años, el establecimiento de instituciones sostenidas con fondos eclesiásticos: orfanatos para los hijos de las víctimas de la guerra, después hospitales y asilos, y finalmente colegios bíblicos dedicados a la formación de predicadores. El hermano Robert Harkrider, cuyos escritos sobre este tema circulan ampliamente entre la hermandad de habla hispana, resumió el problema de fondo con una pregunta que sigue siendo la más precisa formulación del asunto: ¿quién debe hacer la obra de la iglesia, la iglesia misma o una institución humana separada de ella? Cuando la congregación local delega su misión evangelizadora, edificadora o benévola en una organización distinta —por noble que sea su propósito— esa institución termina, según advierten los defensores de esta postura, convirtiéndose en una carga que desvirtúa la suficiencia que Dios mismo le otorgó a la iglesia local (Efesios 3:10-11; 4:11-16).

Esta segunda controversia produjo una nueva división, esta vez interna a las Iglesias de Cristo a capela: de un lado quedaron las congregaciones institucionales, hoy mayoritarias, que sostienen hogares de beneficencia, universidades cristianas y arreglos de iglesia patrocinadora; del otro, las congregaciones no institucionales, que insisten en que únicamente la congregación local, actuando de manera autónoma, puede ser agente de la obra que Dios le encomendó.

IV. El giro contemporáneo: de la controversia institucional a la controversia hermenéutica

Dentro de la corriente mayoritaria, en las últimas décadas del siglo XX y lo que llevamos del XXI, se ha formado un espectro cada vez más marcado entre lo que se denomina la línea conservadora y la línea progresista o liberal. La diferencia ya no gira principalmente en torno a instituciones, sino en torno al método mismo de interpretar la Escritura. La hermenéutica clásica, sostenida durante generaciones bajo la fórmula de mandato, ejemplo aprobado e inferencia necesaria, ha sido cuestionada por un sector que prefiere hablar de “principios” antes que de “patrones”, lo cual ha abierto la puerta, en no pocas congregaciones asociadas a universidades como Abilene Christian, Pepperdine o Lipscomb, a la introducción de música instrumental, al liderazgo femenino en funciones antes reservadas a los hombres, y a una apertura ecuménica hacia denominaciones con las cuales las Iglesias de Cristo tradicionalmente no habían tenido comunión.

Es en este punto donde entra la pregunta que hoy nos ocupa con mayor urgencia: ¿constituye esta corriente progresista, en la práctica, una denominación distinta, aunque rechace formalmente ese nombre?

V. ¿Denominación de hecho, aunque no de nombre?

Los hermanos que han documentado la historia del liberalismo dentro del movimiento —entre ellos Bill H. Reeves y Delfino Urbina, cuyos escritos sobre la controversia en México (“El Censo Religioso de 1936”, “La Presente Controversia En La Hermandad” y los relatos sobre la obra en Chiapas) han circulado ampliamente entre predicadores de habla hispana— sostienen una tesis que merece ser considerada con seriedad: la división de 1906 no produjo simplemente dos grupos con matices distintos, sino una organización que, al abandonar las enseñanzas bíblicas que la sostenían, dejó de ser la iglesia de Cristo en el sentido neotestamentario y se constituyó en una denominación propiamente dicha. El mismo patrón, argumentan estos hermanos, se repite en cada nueva ola de liberalismo: primero se relajan las convicciones respecto a la autoridad bíblica, después se forman redes de universidades, publicaciones y conferencias que transmiten esa nueva identidad de generación en generación, y finalmente se llega al punto en que ya no existe comunión práctica —no hay predicación compartida, no hay cooperación en la obra, no hay reconocimiento mutuo como parte del mismo cuerpo— entre esa corriente y las congregaciones que permanecieron fieles al patrón original.

Bajo este criterio, que no atiende al nombre sino a la práctica misma, la línea progresista contemporánea funcionaría, en efecto, como una denominación: tiene una identidad doctrinal reconocible y transmitida institucionalmente, tiene fronteras de comunión que la separan de la línea conservadora, y tiene una estructura de influencia —aunque informal y sin poder jurídico centralizado— que cumple, en la práctica, el mismo papel que cumpliría una convención formal. El propio blog “Un Rabí”, que reúne buena parte de esta tradición apologética en español bajo la etiqueta “Nuestros hermanos liberales”, resume esta postura con una frase que conviene retener: hay iglesias liberales con las cuales no puede haber comunión por los puntos que dividen, aunque siempre debe reconocerse que dentro de ellas puede haber miembros sinceros que ignoran, sin plena conciencia, el alcance real de esos errores.

VI. El paralelo con la Iglesia Bautista

La comparación con la denominación Bautista, que en ocasiones se plantea para ilustrar este punto, resulta útil precisamente porque expone la diferencia entre estructura formal y práctica denominacional. Los Bautistas se organizan mediante convenciones reconocidas, con seminarios oficiales y una identidad denominacional explícitamente asumida; ninguna red dentro de las Iglesias de Cristo, ni conservadora ni progresista, posee ese tipo de autoridad centralizada y vinculante sobre las congregaciones locales. Sin embargo, si el criterio para hablar de denominación no es la existencia de una convención formal, sino la existencia de una identidad doctrinal compartida, transmitida institucionalmente y sostenida por fronteras reales de comunión, entonces la distinción entre “tener estructura” y “no tenerla” se vuelve menos relevante de lo que parece a primera vista. Bajo ese criterio —que es precisamente el que se ha planteado en esta serie de consultas— la línea progresista funciona denominacionalmente aunque no lo reconozca en su vocabulario oficial, del mismo modo en que los Discípulos de Cristo, al separarse en 1906, terminaron por convertirse en una denominación reconocida hasta por los propios historiadores de la religión, aunque en su origen compartieran el mismo rechazo a ese término.

VII. Una reflexión pendiente: el bautismo correcto sin doctrina correcta

Queda, sin embargo, un punto que merece ser tratado con especial cuidado: ¿qué ocurre con la persona que fue bautizada bajo el propósito bíblico correcto —para el perdón de sus pecados, dentro de una congregación que en el momento de su bautismo enseñaba fielmente ese propósito— pero que, con el paso del tiempo, permanece o se traslada a una congregación que ha ido derivando hacia prácticas y enseñanzas ajenas al patrón neotestamentario? Este caso es distinto, y merece distinguirse con claridad, del caso de quien nunca comprendió el propósito bíblico del bautismo desde el principio.

Aquí conviene recordar un principio que atraviesa toda la enseñanza apostólica sobre la unidad y la corrección: el Nuevo Testamento no trata la hermandad como una categoría exclusivamente binaria y estática, sino como una realidad que se pone a prueba constantemente por la fidelidad a la sana doctrina. Pablo advirtió a los romanos que se fijaran en quienes causan divisiones y tropiezos contra la doctrina que ellos habían aprendido, y que se apartaran de ellos (Romanos 16:17), lo cual presupone que el criterio de separación no es únicamente el acto inicial de conversión, sino la trayectoria doctrinal sostenida después de ese acto. De modo semejante, Juan advirtió que quien se extravía y no persevera en la doctrina de Cristo no tiene a Dios, mientras que quien persevera en ella tiene tanto al Padre como al Hijo (2 Juan 9), y añadió una instrucción severa respecto a no recibir en casa ni saludar a quien trae una enseñanza distinta (2 Juan 10-11).

Esto sugiere que la pregunta correcta no es simplemente “¿tuvo esta persona un bautismo válido en su origen?”, sino “¿en qué doctrina persevera hoy, y qué comunión sostiene con una corriente que se ha apartado del patrón bíblico?”. Un bautismo bíblicamente válido no inmuniza a nadie contra el extravío posterior, del mismo modo que la validez del llamado inicial de los gálatas no impidió que Pablo les advirtiera con severidad que se habían alejado tan pronto del que los llamó para seguir un evangelio diferente (Gálatas 1:6). La hermandad, entendida bíblicamente, no es solamente un estado adquirido en un momento del pasado, sino una comunión que se sostiene o se rompe según la fidelidad presente a la fe que una vez fue dada a los santos (Judas 3).

Esto no significa que corresponda a ningún cristiano juzgar con ligereza el corazón o la sinceridad de cada persona en particular dentro de esas congregaciones; el mismo espíritu que anima esta reflexión debe recordar que hay, como reconocía el escrito de “Un Rabí”, miembros dentro de esas corrientes que ignoran el alcance real de los errores que las caracterizan. Pero sí significa que la pregunta “¿es mi hermano?” no puede resolverse apelando exclusivamente a la validez formal del bautismo original, sin considerar la perseverancia doctrinal que le sigue. Es un punto que exige reflexión cuidadosa antes que una conclusión apresurada en cualquiera de los dos extremos: ni la indiferencia doctrinal que trata como irrelevante el rumbo tomado después del bautismo, ni la dureza que desconoce la posibilidad de ignorancia sincera en quienes permanecen atrapados, sin plena conciencia, dentro de esas corrientes.

Conclusión

La historia que hemos recorrido —desde el ideal restauracionista de Stone y Campbell, pasando por la fractura de 1906, la controversia institucional de mediados del siglo XX, y el giro hermenéutico que hoy distingue a la línea conservadora de la progresista— no es simplemente un ejercicio académico. Es la historia de una tensión que la iglesia del Señor enfrenta en cada generación: la tentación de resolver, mediante métodos y organizaciones humanas, lo que Dios ya diseñó que la congregación local resolviera por sí misma bajo la autoridad de su palabra. Pablo exhortó a los efesios a guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz (Efesios 4:3), pero esa misma carta aclara que la unidad genuina no se sostiene al margen de la doctrina, sino precisamente sobre ella: “un Señor, una fe, un bautismo” (Efesios 4:5). Donde esa fe común se abandona, la unidad que permanece ya no es la unidad del Espíritu, sino, en el mejor de los casos, una cordialidad humana que no sustituye la comunión que el Nuevo Testamento reconoce como hermandad verdadera.

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