La cultura actual repite frases como «sigue tu corazón» o «esa es tu verdad, pero no la mía». Estas expresiones nacen de una idea que se ha vuelto común: la verdad es lo que cada quien hace de ella. Pensemos en un GPS o una brújula: si cada persona pudiera reprogramar el norte según su propia preferencia, nadie llegaría jamás a su destino real. La verdad, como el norte magnético, no cambia porque a alguien le incomode. Esto nos lleva a la pregunta que guiará esta reflexión: ¿es la verdad subjetiva y moldeable, o es fija y objetiva?
El problema de «mi verdad»
En la raíz de este deseo de una verdad variable hay una tensión muy humana. Nadie quiere estar equivocado ni ser rechazado por violar la verdad; sin embargo, todos quieren hacer lo que les place, movidos por deseos carnales y emocionales. Estas dos cosas no pueden coexistir con una norma fija de verdad. Por eso, si no estamos dispuestos a sacrificar nuestros deseos, solo queda una salida: hacer que la verdad misma se adapte. La consecuencia es que la verdad deja de ser definible y estandarizada, y se convierte en algo que cada quien moldea a su medida.
Este no es un problema nuevo. Se remonta a la caída del hombre, en Génesis 3. Allí, la serpiente comenzó sembrando la duda: «¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?» (Gn. 3:1). Luego fue un paso más allá y redefinió abiertamente lo que Dios había dicho: «No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal» (Gn. 3:4-5). Satanás cuestionó primero la verdad de Dios, y después la sustituyó por una versión propia. Seguimos cayendo en el mismo engaño hoy.
Los cristianos no somos inmunes a esta tentación. Reconocemos el error en teoría —cualquier estudiante de la Biblia identificaría de inmediato una ideología como esta— pero con demasiada frecuencia lo practicamos en las decisiones diarias. Esta es, en buena parte, la causa de tanta división entre creyentes: no seguimos guías distintas, sino que empleamos una visión defectuosa de la verdad, la reconozcamos o no.
Dios es la fuente de la verdad
La verdad existe independientemente del hombre. No la definimos nosotros; ha existido eternamente en la naturaleza de Dios. Pensemos en el antiguo metro patrón: durante mucho tiempo existió una barra de platino e iridio en Francia que definía oficialmente qué era «un metro». Nadie podía decir «mi metro mide diferente»; había una fuente externa y objetiva que fijaba el estándar para todos. Así es la Palabra de Dios respecto a la verdad.
Jesús lo declara con toda claridad en su oración sacerdotal. En Juan 17:17-19 dice: «Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad». No dice que su palabra sea una de muchas verdades, ni una forma de verdad, ni una parte de la verdad. Declara la verdad absoluta y señala su única fuente: la Palabra de Dios. Y esa Palabra no nos ha dejado en tinieblas; Dios la ha revelado plenamente, dándonos todo lo necesario para conocer y seguir su voluntad.
La verdad no se puede redefinir
Jesús mismo respaldó esta realidad a lo largo de su enseñanza. En el Sermón del Monte lo hizo repetidamente con la fórmula «oísteis que fue dicho… pero yo os digo», corrigiendo interpretaciones humanas que habían distorsionado el sentido del Antiguo Testamento. El Señor no transigió para evitar el conflicto ni dijo que cada quien podía quedarse con su propia lectura de la ley.
Los judíos de su tiempo habían torcido la ley para justificar sus deseos: el divorcio, por el anhelo de libertad personal; la lascivia, por negarse a refrenar sus pasiones; la ira, la venganza, el odio y la deshonestidad, todos «justificados» según la conveniencia de cada uno. Es como alguien que reprograma el manual de instrucciones de un aparato para que diga lo que él quiere escuchar, y luego se sorprende cuando el aparato no funciona. La verdad de Dios funciona como el manual del Fabricante: ignorarlo, o alterarlo a nuestro gusto, no cambia cómo fuimos diseñados para funcionar.
Jesús advirtió con seriedad sobre las consecuencias de esta distorsión. En Mateo 5:29-30 enseña que el precio de rechazar la verdad de Dios en favor de la propia es la destrucción eterna. Y un área común de rechazo hoy, tal como en aquel tiempo, es precisamente la realidad del infierno y la conducta que lleva a la condenación. Justificamos el pecado sexual, la ira, la falta de perdón, la «mentira piadosa» cuando parece tener una buena razón; el mismo patrón que siguieron los judíos del primer siglo se repite en nosotros.
Someterse a la verdad de Dios
¿Cómo llegamos a este punto? No nos rebelamos abiertamente contra Dios; sabemos que no saldríamos impunes. En cambio, torcemos y malinterpretamos la Escritura para que se alinee con nuestros deseos, tal como advirtió Pablo: rechazamos la sana doctrina y buscamos maestros «conforme a sus propias concupiscencias» que «tengan comezón de oír» (2 Ti. 4:3).
El camino correcto es el que modeló David. Oró: «Muestra, oh Jehová, tus caminos; enséñame tus sendas. Encamíname en tu verdad, y enséñame» (Sal. 25:4-5). Declaró también: «El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón» (Sal. 40:8). Y pidió: «Enséñame, oh Jehová, tu camino; caminaré en tu verdad» (Sal. 86:11). En cada una de estas oraciones, David no intenta enseñarle a Dios ni ajustar la Palabra a su conveniencia; busca amoldar su propio corazón a la voluntad divina, como el barro que no le dicta su forma al alfarero, sino que se somete a las manos que lo diseñan (Jer. 18).
El ejemplo supremo de esta sumisión es Jesús mismo en Getsemaní, al enfrentar la cruz. Oró: «Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc. 22:42). Si el Hijo de Dios sometió su propia voluntad a la del Padre incluso ante semejante prueba, ¿cuánto más debemos hacerlo nosotros?
Conclusión
Jesús declara en Juan 14:6: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí». Él es la verdad; habló la verdad en su Palabra y nos llama a abrazarla y practicarla. Como dice Juan 3:19-21, tenemos dos caminos: amar las tinieblas por causa de nuestras obras, o practicar la verdad y venir a la luz. Ante nosotros hay solo dos opciones: rechazar la verdad de Dios por nuestros propios deseos, o abrazarla y unirnos a Cristo en la gloria eterna.
Así que aquí está «mi verdad»: voy a hacer todo lo posible por obedecer la verdad de Dios. ¿Y tú?
Desafío
Someterse a la verdad objetiva de Dios exige un examen honesto de nuestra vida diaria. Esta semana, identifiquemos si hay alguna área —en nuestras opiniones, hábitos, palabras o actitudes— donde hayamos estado intentando amoldar los mandatos bíblicos a nuestras preferencias personales, en lugar de someter nuestros deseos a la Palabra de Dios. Decidamos abandonar las excusas y caminar en la verdad con un corazón entero.
