Introducción
Pocos temas suscitan tanta controversia en la iglesia contemporánea como el del diezmo. En numerosas congregaciones se predica con insistencia que todo creyente está obligado, bajo pena de desagrado divino e incluso de disciplina eclesiástica, a entregar la décima parte de sus ingresos. Se cita con frecuencia Malaquías 3:8-10 como advertencia perentoria, como si el pueblo de Dios de hoy estuviera bajo el mismo pacto que ató a la nación de Israel en el desierto de Sinaí. Sin embargo, un examen cuidadoso de las Escrituras revela que el diezmo, tal como fue instituido en la ley de Moisés, perteneció a una economía teocrática particular, ligada a la tierra prometida, al sacerdocio levítico y a un pacto que quedó abolido con la muerte de Cristo. El propósito de esta lección es trazar, con la Biblia como única regla de fe, el origen, la naturaleza y la abolición del diezmo, para luego exponer el principio que Dios estableció en su lugar para la iglesia del nuevo pacto: la ofrenda voluntaria, proporcional y alegre.
Antes de entrar en el desarrollo histórico, conviene fijar el significado mismo del término. La palabra «diezmo» proviene del latín decimus, que significa «el décimo», y traduce al hebreo ma’aser (מַעֲשֵׂר), derivado de la raíz eser, «diez». En el Nuevo Testamento, el vocablo griego correspondiente es dekatē (δεκάτη), de idéntica raíz numérica. En su sentido más estricto, el diezmo es, por tanto, la décima parte de un bien —fuera cosecha, ganado o botín de guerra— que se apartaba y se entregaba con un propósito religioso determinado. No es, en su origen bíblico, un término genérico para cualquier ofrenda o contribución económica, sino una fracción matemática precisa, aplicada bajo condiciones y a objetos específicos que la propia ley detallaba. Tener clara esta definición es indispensable, porque buena parte de la confusión moderna surge precisamente de extender la palabra «diezmo» a toda forma de dar, cuando las Escrituras la reservan para una institución muy concreta del Antiguo Testamento.
El diezmo en la era patriarcal: excepción, no norma
El primer registro bíblico del diezmo aparece en Génesis 14:20, cuando Abraham, tras derrotar a los reyes del oriente y rescatar a Lot, entrega «los diezmos de todo» a Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo. El autor de Hebreos retoma este episodio para establecer un argumento teológico de gran alcance: Melquisedec, sin genealogía registrada de padre ni madre, sin principio ni fin de días registrados en el texto, se presenta como tipo del sacerdocio eterno de Cristo (Hebreos 7:1-11). Es preciso notar, sin embargo, qué fue exactamente lo que Abraham diezmó: no fueron sus posesiones habituales, sino «del botín» (Hebreos 7:4), es decir, de los despojos materiales tomados en la campaña militar contra Quedorlaomer y sus aliados (Génesis 14:1-20). Se trató, pues, de un acto singular, ligado a una circunstancia irrepetible, y no de una práctica recurrente en la vida del patriarca.
El único otro caso de diezmo antes de la ley mosaica es el de Jacob, quien en Betel hizo voto de apartar el diezmo de todo cuanto Dios le diera, condicionado a que su viaje tuviera un desenlace favorable (Génesis 28:20-22). No existe en todo el Génesis, ni en el relato de los demás patriarcas —Isaac, José, ni los hijos de Jacob— mención alguna de que diezmaran de manera continua o sistemática. La razón es sencilla: durante la era patriarcal no existía un sacerdocio especial que requiriera sostenimiento regular, como ocurriría después con la tribu de Leví. El diezmo de Abraham y el voto de Jacob fueron, en consecuencia, actos aislados y voluntarios, no mandamientos divinos de validez universal ni perpetua. Basar sobre estos dos episodios una obligación permanente para todo creyente —como se hace a menudo apelando a que «Abraham es el padre de todos los que andan por fe»— es forzar el texto más allá de lo que este autoriza, pues en ningún lugar se ordena a los descendientes espirituales de Abraham repetir aquel acto puntual, de la misma manera que tampoco se les exige ofrecer sacrificios de animales solo porque Abraham los ofreció.
El diezmo como estatuto nacional bajo la ley de Moisés
Es con la promulgación de la ley en el Sinaí cuando el diezmo se convierte, por primera vez, en un mandamiento formal y regulado. Deuteronomio 14:22 establece el precepto en términos categóricos: «Indefectiblemente diezmarás todo el producto de tu semilla, de lo que rindiere el campo cada año.» Adviértase la frecuencia estipulada: cada año, una sola vez, no cada semana ni cada mes. Este detalle contrasta de forma llamativa con la práctica de numerosas iglesias modernas, que exigen el diezmo cada domingo, transformando así un estatuto agrícola anual en una obligación semanal que la propia ley nunca contempló.
Igualmente instructivo es notar sobre qué bienes recaía el diezmo. La ley lo circunscribe a tres categorías: el producto del campo, es decir, el grano (Deuteronomio 14:22); los árboles frutales (Levítico 27:30); y las manadas y los rebaños, contados bajo la vara del pastor al salir al pasto (Levítico 27:32). En ninguna parte del texto legal se ordena diezmar dinero. El único indicio de una práctica semejante aparece en labios de un fariseo que, en la parábola de Lucas 18:12, se jacta diciendo: «doy diezmos de todo lo que gano.» Se trata, sin embargo, del testimonio de un hombre orgulloso de su propia justicia, no de un mandamiento bíblico; la ley mosaica, en su letra, nunca exigió diezmo monetario, sino de los productos de la tierra y del ganado.
La ley preveía además la posibilidad de rescatar una porción del diezmo: si el israelita deseaba retener para sí parte de lo que debía entregar, tenía que calcular su valor justo y añadir «la quinta parte de dicho precio» (Levítico 27:31), de modo que redimir el diezmo tenía un costo adicional, disuasorio de la mera conveniencia personal.
En cuanto al destino de lo diezmado, Deuteronomio 14:23 ordena que el israelita coma «delante de Jehová tu Dios, en el lugar que él escogiere, el diezmo de tu grano, de tu vino y de tu aceite, y las primicias de tus manadas y de tus ovejas.» Se trataba, en gran medida, de un banquete de comunión familiar ante la presencia de Dios. Cada tres años, sin embargo, el sistema se ajustaba: el diezmo se entregaba íntegramente en la propia región del israelita, destinado al levita, al extranjero, al huérfano y a la viuda (Deuteronomio 14:28-29; 26:12; compárese Amós 4:4). De este ciclo trienal se sigue que no todos los años el diezmo llegaba a los levitas de la misma manera; solo en el tercer y sexto año del ciclo sabático se consagraba plenamente al sostenimiento de estos y de los necesitados de la comunidad.
La cadena de distribución del diezmo levítico merece explicarse con precisión, pues revela un sistema cuidadosamente estratificado. Los hijos de Israel entregaban el diezmo a los levitas (Números 18:21-24), quienes carecían de heredad territorial en la tierra prometida (Números 18:20-21) y dependían de esta provisión para su sustento. Los levitas, a su vez, debían apartar «el diezmo de los diezmos» y entregarlo a los sacerdotes, hijos de Aarón (Números 18:26-28), quienes recibían así la décima parte de lo que los levitas habían recibido, quedando el resto para el sostenimiento levítico (Números 18:30-32). Conviene subrayar, frente a la sospecha de que este sistema enriquecía a la casta sacerdotal, que los levitas no poseían tierras propias para cultivar ni viñas que explotar; vivían dispersos en las ciudades levíticas, y su único sustento era el diezmo recibido, sin que las Escrituras registren enriquecimiento alguno derivado de él.
Es preciso añadir que el diezmo no constituía la totalidad de lo que la ley destinaba al sostenimiento levítico. Números 18:9-15 enumera además la ofrenda de las cosas santas, los presentes, las expiaciones, las ofrendas mecidas, las cosas consagradas por voto, las primicias y los primogénitos de los animales, todo lo cual pertenecía también a la tribu de Leví. Quien hoy exige el diezmo apelando a la autoridad de la ley mosaica debería, para ser consecuente, exigir igualmente estas otras contribuciones, cosa que ninguna iglesia moderna practica, evidenciando así que no se aplica el sistema levítico en su integridad, sino solo la parte que resulta conveniente citar.
La denuncia profética y su contexto
Los profetas de Israel reprendieron con frecuencia al pueblo por su negligencia en traer los diezmos y las ofrendas a la casa de Jehová. El pasaje más citado en este debate es, sin duda, Malaquías 3:8-10, donde Dios pregunta: «¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿En qué te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas.» La consecuencia práctica de esta negligencia se documenta en Nehemías 13:10-12, donde se relata que, al no recibir sus diezmos, los levitas se vieron obligados a abandonar el servicio del templo y buscar sustento por otros medios. Es fundamental leer estos textos en su contexto histórico: se trata de una reprensión dirigida a la nación de Israel, bajo el pacto mosaico, en relación con un sistema agrícola y sacerdotal específico, y no de un mandamiento dirigido a la iglesia del nuevo pacto, que carece de sacerdocio levítico y de un templo terrenal al cual llevar ofrendas de grano y ganado.
Cristo y el diezmo: reconocimiento bajo la ley, no institución para la iglesia
En Mateo 23:23, Jesús reprende a los escribas y fariseos porque diezmaban «la menta y el eneldo y el comino» mientras descuidaban «lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe,» añadiendo que debían hacer «esto sin dejar de hacer aquello.» Se ha querido ver en esta última frase un mandato de Cristo a perpetuar el diezmo también para la iglesia. Tal lectura, sin embargo, ignora un dato cronológico decisivo: Cristo vivió y murió bajo el régimen del Antiguo Testamento, pues, como enseña Pablo, «nació de mujer y nacido bajo la ley» (Gálatas 4:4). El Nuevo Testamento, por su naturaleza misma de testamento, no podía entrar en vigor mientras viviera el testador; solo su muerte lo hacía válido, según el principio expuesto en Hebreos 9:16-17. Era de esperarse, por tanto, que el Señor, mientras ministraba dentro del sistema mosaico todavía vigente, reconociera y hasta reforzara la observancia de la ley, incluido el diezmo, sin que ello implicara instituirlo como norma para un pacto que aún no había comenzado. Hebreos 7:12 lo expresa con claridad: al cambiar el sacerdocio, necesariamente se produjo también un cambio de ley. Jesús vino a cumplir la ley, no a abolirla mientras estuvo vigente sobre él, pero al consumar su obra en la cruz, efectuó él mismo la transición del antiguo pacto al nuevo.
El uso correcto de Hebreos 7
El único pasaje del Nuevo Testamento donde se menciona el diezmo después de la muerte de Cristo es Hebreos 7:1-14, y es indispensable entender su propósito exacto. El autor no busca enseñar a la iglesia a diezmar, sino demostrar, mediante el episodio de Abraham y Melquisedec, la superioridad del sacerdocio de Cristo —prefigurado en Melquisedec— sobre el sacerdocio levítico. El argumento es de orden lógico: si Leví, por así decirlo, pagó diezmos a Melquisedec estando aún en los lomos de Abraham (Hebreos 7:9-10), entonces el sacerdocio de Melquisedec, y por extensión el de Cristo, es mayor que el levítico. Cuando el texto afirma, en tiempo presente, que «aquí ciertamente reciben los diezmos hombres mortales» (Hebreos 7:8), no está describiendo una práctica de la iglesia cristiana, sino constatando que, al momento de escribirse la epístola, el sacerdocio levítico y el templo de Jerusalén seguían en funcionamiento; de ahí el verbo en presente. Pocos años después, en el 70 d.C., la destrucción de Jerusalén puso fin al ministerio levítico y a los sacrificios de animales, confirmando que aquel sistema, junto con su diezmo, pertenecía a una era que llegaba a su ocaso, no a la iglesia que Cristo había establecido.
El silencio elocuente del Nuevo Testamento
Fuera de Hebreos 7, ningún escrito apostólico ordena a los cristianos diezmar. Este silencio no es casual ni accidental: obedece a la lógica misma del nuevo pacto. La iglesia carece de sacerdocio levítico al cual entregar diezmos, porque Cristo mismo es constituido sumo sacerdote (Hebreos 4:14-16) y cada creyente, por su parte, es hecho sacerdote para ofrecer sacrificios espirituales (1 Pedro 2:4-10). No habiendo levitas que sostener ni templo material que abastecer con grano, vino y aceite, carece de fundamento bíblico exigir del cristiano una contribución diseñada específicamente para sostener aquel sistema desaparecido. El sacrificio de alabanza, «fruto de labios que confiesan su nombre,» junto con el hacer bien y la ayuda mutua, ocupa ahora el lugar de aquellas ofrendas materiales (Hebreos 13:15-16), del mismo modo que Pablo exhorta a presentar el cuerpo «en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios,» como culto racional (Romanos 12:1).
El principio neotestamentario de la ofrenda
En lugar del diezmo obligatorio, el Nuevo Testamento revela un patrón de generosidad voluntaria, sistemática y proporcional. Pablo instruye a los corintios: «Cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado» (1 Corintios 16:2). Nótese la estructura de este mandato: la frecuencia es semanal, no anual como el diezmo mosaico; el sujeto es «cada uno,» sin distinción de posición económica; y la cantidad no es un porcentaje fijo, sino proporcional a la prosperidad de cada persona. En su segunda carta a la misma iglesia, Pablo añade el principio del ánimo con que se debe dar: «Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre» (2 Corintios 9:7). El ejemplo más elocuente de esta generosidad voluntaria lo ofrecen las iglesias de Macedonia, que, en medio de «grande prueba de tribulación» y de «profunda pobreza,» dieron «conforme a sus fuerzas» y «aun más allá de sus fuerzas,» por propia voluntad (2 Corintios 8:1-5). En la iglesia primitiva de Jerusalén, según el testimonio de Hechos, los hermanos vendían sus propiedades y sus bienes y los repartían a todos según la necesidad de cada uno (Hechos 2:44-45; 4:34-35), un nivel de entrega muy superior al diez por ciento exigido por la ley, pero surgido enteramente de la gracia, no del temor a una sanción.
Contraste entre el sistema levítico y el sistema cristiano
Conviene, a manera de síntesis, contrastar ambos sistemas de manera explícita, pues la confusión entre ellos es la raíz de buena parte del error moderno. Bajo el sistema levítico, el diezmo era material —grano, fruto y ganado—, mandatorio por prescripción legal, y exigido por los levitas en virtud de un estatuto nacional. Bajo el sistema cristiano, la ofrenda es de naturaleza espiritual en su motivación, aun cuando se exprese en bienes materiales; es voluntaria, no impuesta por ley; y se entrega según la prosperidad y la disposición del corazón de cada creyente, no según un porcentaje fijo. Pablo resume este contraste de principio cuando declara que el creyente «no está bajo la ley, sino bajo la gracia» (Romanos 6:14), lo cual se aplica tanto a la salvación como a la mayordomía cristiana en su conjunto.
El destino de las ofrendas en la iglesia apostólica
Las ofrendas de la iglesia primitiva tenían dos destinos principales, ambos documentados extensamente en el Nuevo Testamento. El primero era el socorro de los santos necesitados, como lo ilustran la comunidad de bienes en Jerusalén (Hechos 2:44-45; 4:34-37), la atención a las viudas (Hechos 6:1-6), y la gran colecta que Pablo organizó entre las iglesias de Macedonia y Acaya para los pobres de Jerusalén (Hechos 11:27-30; 1 Corintios 16:1-4; 2 Corintios 8:13-15; 9:1-15; Romanos 15:25-29). El segundo destino era el sostenimiento de los ministros del evangelio, un derecho que Pablo defiende extensamente en 1 Corintios 9:6-14, y que ejemplifica su propia experiencia con la generosidad de la iglesia de Filipos (2 Corintios 11:8-9; Filipenses 4:10-20). El término «salario,» aplicado a este sostenimiento en 2 Corintios 11:8, denota un ingreso justo y suficiente para que el obrero del evangelio pueda cubrir las necesidades normales de la vida; y este sostenimiento, según 1 Corintios 9:5-6, puede y debe extenderse también a la esposa e hijos del predicador cuando sea necesario. Es significativo notar que, dada la naturaleza itinerante del ministerio apostólico, resulta prácticamente inconcebible que Pablo y sus compañeros transportaran de ciudad en ciudad bueyes, cabras, ovejas o sacos de grano; el testimonio bíblico mismo sugiere que las ofrendas cristianas consistían principalmente en dinero y bienes de fácil traslado, en contraste directo con el diezmo israelita de animales y cosechas. En cuanto a la administración de estos recursos, el patrón apostólico coloca el control de las ofrendas en manos de los ancianos de cada congregación local, sin que exista en la iglesia primitiva evidencia de comités centralizados que se apropiaran de ellas o que exigieran, a la manera levítica, «el diezmo del diezmo.»
Una generosidad que supera a la de Israel
Lejos de representar un empobrecimiento de la mayordomía cristiana, la ausencia de diezmo obligatorio constituye, bien entendida, un llamado a una generosidad mayor. Si bajo la ley Dios prosperaba a su pueblo para que diera el diez por ciento, cuánto más, bajo la gracia, puede prosperar y mover el corazón de sus hijos a dar más allá de aquella medida, cuando las condiciones económicas lo permitan; y cuando no lo permitan, nadie queda excluido de la comunión ni de la aprobación divina por no alcanzar un porcentaje fijo, pues nadie está obligado a diezmar bajo el nuevo pacto. El apóstol, sin embargo, no exime al cristiano de responsabilidad: es posible, en efecto, robar a Dios también bajo la gracia, cuando no se da generosamente conforme a lo que Dios ha prosperado a cada uno.
Advertencia frente a la mercantilización de la ofrenda
Las Escrituras condenan con firmeza cualquier práctica que convierta la casa de Dios en casa de mercado, ya sea mediante la venta de alimentos, rifas, bingos u otras formas de recaudación ajenas al patrón bíblico de la ofrenda voluntaria (Mateo 21:12-13). La iglesia que se dedica a tales mercaderías, por muy piadosas que parezcan sus intenciones, se aparta del modelo neotestamentario. El lenguaje profético de Apocalipsis 18:4 resuena como advertencia perenne contra todo sistema religioso que convierte el pueblo de Dios en fuente de enriquecimiento.
Conclusión
El estudio cuidadoso de las Escrituras conduce a una conclusión clara: el diezmo, tal como lo instituyó la ley de Moisés, fue un estatuto nacional para Israel, ligado a un sacerdocio levítico, a un sistema agrícola y a un pacto que quedó abolido con la muerte y resurrección de Cristo. El Nuevo Testamento no ordena en ninguna parte que la iglesia diezme; en su lugar, revela un principio superior de mayordomía: la ofrenda voluntaria, semanal, proporcional a la prosperidad de cada creyente, y entregada no con tristeza ni por obligación legal, sino con el gozo de quien ha experimentado la gracia de Dios en Cristo. Comprender esta distinción libera al creyente de una carga que la ley nunca impuso sobre la iglesia, al tiempo que lo llama a una generosidad que, lejos de disminuir bajo la gracia, se eleva a un estándar mayor que el que jamás exigió la ley.
