Introducción

Pocas épocas han puesto en manos del ser humano tantas posibilidades sobre el origen de la vida como la nuestra. Lo que hace apenas un siglo era un misterio reservado al secreto del vientre materno hoy puede asistirse, intervenirse, congelarse, seleccionarse e incluso pactarse mediante contratos. Una pareja que no puede tener hijos se enfrenta ahora a opciones que ni Abraham, ni Jacob, ni Elcana pudieron imaginar: la fecundación in vitro, la donación de gametos y la gestación subrogada, popularmente llamada vientre de alquiler. Ante ellas, el creyente sincero pregunta con razón qué dice la Palabra de Dios.

La primera respuesta debe ser honesta: la Biblia no menciona estas prácticas, ni para aprobarlas ni para condenarlas por nombre. Son técnicas modernas, y quien afirme encontrar en las Escrituras un texto que las nombre explícitamente atribuye a la Palabra lo que ella no dice. Sin embargo, de ahí no se sigue que la Escritura guarde silencio ante las cuestiones de fondo. La Biblia habla con claridad sobre el diseño de Dios para el matrimonio, sobre el valor de la vida desde su origen, sobre la dignidad de la persona y sobre la actitud con que el creyente debe enfrentar la aflicción de la esterilidad. A partir de esos principios podemos razonar con sobriedad, distinguiendo siempre entre lo que el texto afirma y lo que nosotros, como intérpretes, aplicamos. Esa distinción gobernará toda esta lección, pues una cosa es la autoridad de la Escritura y otra la prudencia de nuestras aplicaciones, y confundirlas ha causado no pocas divisiones innecesarias entre hermanos.

El diseño de Dios para la procreación

Toda reflexión bíblica sobre el origen de los hijos debe comenzar donde comienza la Biblia. En el principio, Dios creó al ser humano a su imagen: «Varón y hembra los creó» (Gn. 1:27). Y a esa primera pareja dirigió su primera bendición: «Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla» (Gn. 1:28). El verbo hebreo parah, «fructificar», describe la fecundidad como un don que fluye de la bendición divina, no como una conquista técnica del hombre. Dios no solo crea; Dios establece el cauce por el cual la vida humana se transmite.

Ese cauce queda definido en Génesis 2:24: «Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne». El verbo traducido «se unirá», del hebreo dabaq, significa adherirse, pegarse, y expresa un vínculo exclusivo y permanente. La expresión «una sola carne» (basar echad) abarca la unión sexual, pero también la comunión total de dos vidas en un pacto. Dentro de ese marco, la procreación no es un servicio que se presta ni un producto que se obtiene, sino el fruto natural de la entrega mutua de dos personas que se han hecho uno ante Dios.

El profeta Malaquías recuerda el propósito de esa unión cuando reprende a los que habían sido desleales con las esposas de su juventud: «¿No hizo él uno, aunque tenía abundancia de espíritu? ¿Y por qué uno? Buscaba una descendencia para Dios. Guardaos, pues, en vuestro espíritu, y no seáis desleales para con la mujer de vuestra juventud» (Mal. 2:15). Dios formó una pareja y no varias, y lo hizo buscando una descendencia piadosa. De modo que el diseño original vincula estrechamente tres realidades: el pacto matrimonial, la unión de los esposos y el nacimiento de los hijos.

A la vez, la Escritura enseña que los hijos son un don y no un derecho que pueda exigirse a cualquier precio: «He aquí, herencia de Jehová son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre» (Sal. 127:3). Quien recibe una herencia no la fabrica ni la produce; la recibe de las manos de otro. Esta verdad ofrece consuelo a los que esperan, pues el Dador no los ha olvidado, y a la vez limita a los que desean, pues ningún deseo, por legítimo que sea, convierte al hijo en una pertenencia debida.

La aflicción de la esterilidad en las Escrituras

Sería injusto abordar este tema como una mera cuestión de principios sin reconocer el dolor humano que lo rodea. La Biblia no minimiza la aflicción de la esterilidad; la retrata con crudeza. Sara, Rebeca, Raquel, la madre de Sansón, Ana y Elisabet conocieron el peso del vientre cerrado en una cultura donde la fecundidad era señal de bendición y la esterilidad se vivía como afrenta. La oración de Ana ilustra la hondura de esa angustia: «E hizo voto, diciendo: Jehová de los ejércitos, si te dignares mirar a la aflicción de tu sierva, y te acordares de mí, y no te olvidares de tu sierva, sino que dieres a tu sierva un hijo varón, yo lo dedicaré a Jehová todos los días de su vida» (1 S. 1:11). Y la respuesta no tardó, pues «al cumplirse el tiempo, después de haber concebido Ana, dio a luz un hijo, y le puso por nombre Samuel, diciendo: Por cuanto lo pedí a Jehová» (1 S. 1:20).

El salmista resume la compasión de Dios hacia estas mujeres: «Él hace vivir en familia a la estéril, gozosa en ser madre de hijos. Aleluya» (Sal. 113:9). Cuando la lección se imparte a una congregación, conviene recordar que probablemente entre los oyentes hay quienes sufren esta aflicción en silencio. Por eso la firmeza doctrinal debe ir acompañada de ternura pastoral. Quien enseña estos temas con frialdad hiere a los que ya están heridos; quien los enseña con ternura pero sin claridad les deja sin brújula. Se requieren ambas cosas.

La Escritura nos muestra, además, dos maneras de responder a la esterilidad. Una es la de Ana, que derramó su alma delante de Jehová y esperó. La otra es la de quienes, impacientes, buscaron resolver el problema por sus propios medios. La segunda manera nos lleva al estudio de los casos de Sara y Agar, y de Raquel, Lea, Bilha y Zilpa.

El caso de Sara y Agar

Antes de Jacob, el patriarca Abraham había recibido la promesa de una descendencia numerosa, pero pasaron los años y Sara seguía sin hijos. El texto sagrado lo narra así: «Sarai mujer de Abram no le daba hijos; y ella tenía una sierva egipcia, que se llamaba Agar. Dijo entonces Sarai a Abram: Ya ves que Jehová me ha hecho estéril; te ruego, pues, que te llegues a mi sierva; quizá tendré hijos de ella. Y atendió Abram al ruego de Sarai» (Gn. 16:1-2).

Dos observaciones son importantes. La primera es que la propuesta de Sarai se apoyaba en una práctica culturalmente aceptada: en el antiguo Cercano Oriente, una esposa estéril podía dar su sierva al marido, y los hijos nacidos se consideraban legalmente de la esposa. La segunda es que el texto bíblico no presenta ese plan como una obediencia a Dios, sino como una iniciativa humana que nace del desaliento y que se aparta de la promesa. Las consecuencias no tardaron: «Y él se llegó a Agar, la cual concibió; y cuando vio que había concebido, miraba con desprecio a su señora» (Gn. 16:4). Lo que se concibió como solución se convirtió en rivalidad, resentimiento, maltrato y expulsión (Gn. 16:5-6; 21:9-14).

Es significativo que Dios no cumpliera su promesa por medio de Ismael, sino de Isaac. Cuando Abraham intercedió por Ismael, Dios respondió con firmeza: «en Isaac te será llamada descendencia» (Gn. 21:12). Y Dios había declarado ya a Abraham y Sara, con una pregunta que atraviesa toda la historia de la promesa: «¿Hay para Dios alguna cosa difícil?» (Gn. 18:14). La lección es clara: el recurso humano no puede reemplazar la promesa divina, y los atajos de la impaciencia dejan una cuenta pendiente.

El caso de Jacob, Raquel, Lea, Bilha y Zilpa

El episodio de Génesis 30 reproduce el patrón de Génesis 16, pero con circunstancias propias. El relato comienza con la aflicción de Raquel: «Viendo Raquel que no daba hijos a Jacob, tuvo envidia de su hermana, y decía a Jacob: Dame hijos, o si no, me muero» (Gn. 30:1). Obsérvese que el motor de la acción no es la fe, sino la envidia. Jacob responde con un reproche que revela dónde está la fuente de la vida: «¿Estoy yo en lugar de Dios, que te impidió el fruto de tu vientre?» (Gn. 30:2).

Entonces Raquel propone: «He aquí mi sierva Bilha; llégate a ella, y dará a luz sobre mis rodillas, para que yo también tenga hijos de ella» (Gn. 30:3). La expresión «sobre mis rodillas» (al birkay) refleja un gesto legal de adopción: el hijo nacido de la sierva era reconocido como hijo de la señora. De ahí nacieron Dan y Neftalí. Lea, por su parte, «viendo que había dejado de dar a luz, tomó a su sierva Zilpa, y la dio a Jacob por mujer» (Gn. 30:9), y nacieron Gad y Aser.

Aquí surge la pregunta que motiva esta lección: ¿equivale esto a un vientre de alquiler? La semejanza superficial es evidente, pues una mujer gesta hijos que serán reconocidos como de otra. Sin embargo, el análisis del texto muestra diferencias de fondo que impiden hacer una equivalencia directa. En primer lugar, el relato dice expresamente que Raquel «le dio a Bilha su sierva por mujer; y Jacob se llegó a ella» (Gn. 30:4). Hubo unión conyugal, aunque en el marco de la poligamia, que el texto jamás presenta como el ideal divino, pues se aparta del modelo de Génesis 2:24. No se trató de un procedimiento clínico ni de un acuerdo comercial, sino de una unión matrimonial secundaria. En segundo lugar, Bilha y Zilpa quedaron incorporadas al hogar de Jacob con un estatus familiar permanente, y sus hijos se cuentan entre los doce patriarcas de Israel (Gn. 35:22-26). No se trataba de una prestación temporal que terminaba con la entrega del niño. En tercer lugar, la palabra hebrea que designa a estas mujeres, shifjah, indica una sierva dentro de un hogar patriarcal, con todo el entramado social y jurídico de aquella cultura, muy distinto de un contrato moderno entre partes.

Debemos añadir un principio hermenéutico fundamental: el hecho de que la Biblia registre una práctica no significa que la apruebe. El texto narra la poligamia de los patriarcas, la mentira de Abraham sobre Sara, el engaño de Jacob a su padre y muchos otros episodios sin que ello implique aprobación. La narrativa bíblica es en gran parte descriptiva, y su enseñanza se extrae observando el desarrollo y las consecuencias de lo narrado, así como el contraste con la enseñanza explícita del resto de la Escritura. Y cuando observamos las consecuencias en el hogar de Jacob, encontramos rivalidad constante, favoritismos, celos entre los hijos y, años más tarde, la venta de José por sus hermanos. El hogar dividido por las rivalidades de Raquel y Lea es el escenario del que brotan esas tensiones.

Resulta además notable lo que Dios hizo con Raquel: «Y se acordó Dios de Raquel, y la oyó Dios, y le abrió su matriz. Y concibió y dio a luz un hijo, y dijo: Dios ha quitado mi afrenta» (Gn. 30:22-23). De nuevo, la intervención divina llegó cuando la espera se hizo larga, y mostró que el recurso de Bilha nunca fue necesario.

La conclusión de este apartado debe formularse con cuidado. El caso de Jacob no puede esgrimirse como aprobación bíblica del vientre de alquiler, porque se trata de una realidad distinta: una unión conyugal poligámica, no una técnica médica ni un contrato. Pero tampoco constituye una refutación directa y definitiva del vientre de alquiler moderno, porque son realidades diferentes. Lo que el episodio ofrece es una advertencia: cuando el deseo de tener hijos nos lleva a prescindir de los cauces que Dios ha establecido, las consecuencias suelen ser dolorosas para todos los involucrados.

Principios bíblicos aplicables al vientre de alquiler

Si la Biblia no trata directamente la gestación subrogada, ¿qué principios sí iluminan la cuestión? Pueden señalarse cinco.

El primero es el diseño original de la procreación en el marco del matrimonio. Como vimos en Génesis 2:24 y Malaquías 2:15, Dios vinculó la descendencia al pacto entre un hombre y una mujer. La introducción de una tercera persona en el proceso procreador, aunque no implique relación sexual, altera ese diseño y separa lo que Dios unió: la unión conyugal, la gestación y la crianza. Algunos objetarán que, si los gametos son de los esposos, el diseño se respeta en lo esencial. Es una objeción seria, y debe responderse reconociendo que el problema persiste en la figura de la gestante, que no es una mera incubadora, sino una persona.

El segundo principio es el valor del ser humano desde su formación. David confiesa: «Porque tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre» (Sal. 139:13), y más adelante: «Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas» (Sal. 139:16). La palabra hebrea traducida «embrión» es golmi, que alude a la sustancia aún sin forma acabada. Este versículo no pretende definir el momento exacto en que comienza la vida personal, pero afirma con claridad que Dios conoce y tiene un propósito para el ser humano aun antes de que tenga forma visible. Junto con otros textos que examinaremos más adelante (Job 3:3; Sal. 51:5; Jer. 1:5; Lc. 1:41), sustenta la convicción de que la vida humana es valiosa desde su comienzo. Si el niño es una persona conocida por Dios desde el vientre, no puede ser tratado como objeto de un contrato, un producto con especificaciones ni una mercancía sujeta a entrega.

El tercer principio es el vínculo entre la madre y el hijo que gesta. El juicio de Salomón ofrece una ilustración instructiva. Cuando el rey propuso partir al niño, «la mujer de quien era el hijo vivo habló al rey (porque sus entrañas se le conmovieron por su hijo)» (1 R. 3:26). El texto reconoce que la verdadera madre se delató por el movimiento de sus entrañas. La gestación no es un hecho biológico neutro; engendra un lazo profundo. Un acuerdo que obliga de antemano a la mujer a separarse del hijo que ha llevado en su vientre desconoce esa realidad y puede infligir un daño real tanto a la madre como al niño.

El cuarto principio es la dignidad de la persona y el peligro de su mercantilización. El apóstol Pablo recuerda a los corintios: «¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios» (1 Co. 6:19-20). El verbo griego agorazo, «comprar», en el contexto del mercado, subraya que el cuerpo del creyente pertenece a Cristo y no es una mercancía. Cuando el cuerpo de una mujer se convierte en el objeto de una transacción económica, y más aún cuando la necesidad económica la empuja a aceptar, se corre el riesgo de aprovecharse de los vulnerables, algo que la ley de Dios condena reiteradamente. La regla de oro lo expresa con sencillez: «Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas» (Mt. 7:12).

El quinto principio es la confianza en Dios en medio de la espera. Ana oró y esperó; Sara y Raquel intentaron adelantarse. El apóstol enseña: «Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús» (Fil. 4:6-7). No significa que el creyente deba cruzarse de brazos, sino que su búsqueda de soluciones debe nacer de la fe y no de la ansiedad.

La fecundación in vitro: un terreno de diferencias entre hermanos

La fecundación in vitro es un procedimiento por el cual el óvulo de la esposa y el espermatozoide del esposo se unen en el laboratorio, fuera del cuerpo, y el embrión resultante se transfiere después al útero. La Biblia no la menciona, y entre cristianos sinceros y fieles a las Escrituras existen posturas diferentes. Para entender dónde está el verdadero punto de discusión, conviene comenzar por una distinción elemental: el espermatozoide y el óvulo, por separado, son células de cada uno de los cónyuges y no constituyen un nuevo ser. El embrión comienza a existir en el momento de la fecundación, cuando ambas células se unen en una sola, que contiene una información genética propia y que desde ese instante comienza a dividirse y a desarrollarse. La ovulación, por tanto, no es el inicio del embrión, sino la liberación del óvulo, que sin fecundación se pierde. Y es precisamente aquí donde la fecundación in vitro plantea su cuestión moral más delicada, porque coloca al ser humano en sus primerísimas etapas dentro de un laboratorio, bajo decisiones humanas.

Para evaluar esa cuestión, necesitamos preguntarnos qué dice la Escritura sobre el valor de la vida antes del nacimiento. El Salmo 139 es el texto al que más se acude, y hay que leerlo con cuidado. David escribe: «Porque tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre» (Sal. 139:13), y luego: «No fue encubierto de ti mi cuerpo, bien que en oculto fui formado, y entretejido en lo más profundo de la tierra» (Sal. 139:15). En el versículo siguiente declara: «Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas» (Sal. 139:16). La palabra hebrea traducida «embrión» es golmi, que aparece únicamente aquí en el Antiguo Testamento y deriva de una raíz que significa envolver o enrollar; alude a la sustancia todavía informe, sin acabar. La Septuaginta la tradujo con un término griego que significa «inacabado». Debemos reconocer con honestidad que este versículo, por sí mismo, no define el momento exacto en que comienza la vida personal, ni tiene la intención de ofrecer una definición científica. Lo que afirma con toda claridad es que Dios conoce, ve y tiene un propósito para el ser humano incluso cuando aún no tiene forma acabada, antes de que ningún ojo humano pueda contemplarlo. Hay, por tanto, una continuidad entre lo que fui en el vientre, informe a la vista de los hombres, y lo que soy ahora, y Dios los reconoce como un mismo «yo».

Otros textos refuerzan esa conclusión y la sitúan desde muy temprano. Job se pregunta: «El que en el vientre me hizo a mí, ¿no los hizo a ellos? ¿No nos dispuso uno mismo en la matriz?» (Job 31:15). El mismo Job maldice el día de su nacimiento y «la noche en que se dijo: Varón es concebido» (Job 3:3), y el texto sitúa en la concepción el comienzo de la existencia de un varón. David confiesa: «He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre» (Sal. 51:5), expresión que sitúa el comienzo de su propia existencia, con su condición humana, en la concepción. Dios dijo a Jeremías: «Antes que te formase en el vientre, te conocí, y antes que nacieses, te santifiqué» (Jer. 1:5), y el siervo de Isaías declara: «Jehová me llamó desde el vientre, desde las entrañas de mi madre tuvo mi nombre en memoria» (Is. 49:1). En el Nuevo Testamento, Lucas relata que cuando María saludó a Elisabet, «la criatura saltó en su vientre» (Lc. 1:41), y emplea la palabra griega brephos, la misma que usa más adelante para el niño recién nacido envuelto en pañales (Lc. 2:12) y para los niños que traían a Jesús (Lc. 18:15). El evangelista no establece una diferencia de categoría entre el niño antes y después de nacer. Ningún texto individual resuelve la cuestión del día y la hora, pero la suma de estos pasajes apunta en una misma dirección: la Escritura trata al ser humano no nacido como una persona conocida, formada y llamada por Dios, no como un simple tejido o una mera posibilidad.

Conviene añadir que existe una discusión sobre Éxodo 21:22-25, el pasaje de la mujer embarazada herida durante una riña. Unos intérpretes entienden que distingue entre el daño a la mujer y la pérdida del niño, y otros ven allí una protección para ambos. Dado que la interpretación es debatida, es más prudente no cimentar en él una conclusión firme. Tampoco debe olvidarse una verdad que el predicador Salomón nos recuerda: «Como tú no sabes cuál es el camino del viento, ni cómo crecen los huesos en el vientre de la mujer encinta, tampoco sabes la obra de Dios, el cual hace todas las cosas» (Ec. 11:5). Hay misterio en el comienzo de la vida, y ese misterio aconseja humildad. Pero precisamente cuando existe duda razonable sobre si algo es una vida humana, la actitud sabia y piadosa es la de proteger, no la de arriesgar. Así lo enseña también el principio de Romanos 14:23, según el cual lo que se hace con duda no procede de fe.

Con este fundamento, podemos ahora apreciar por qué entre los creyentes hay posturas diferentes ante la fecundación in vitro. Quienes la consideran aceptable argumentan que, cuando se utilizan el óvulo y el esperma de los esposos, y todos los embriones generados son transferidos al útero de la esposa, el procedimiento se entiende como una ayuda médica al matrimonio, comparable a otros tratamientos que superan un obstáculo físico. No interviene un tercero, no hay contrato, no se destruye vida, y el hijo nace dentro del pacto conyugal. Desde esa perspectiva, los hijos continúan siendo una bendición de Dios (Sal. 127:3), y la medicina puede ser un medio legítimo que Dios permite, como lo es en tantas otras áreas de la salud. Algunos de quienes sostienen esta postura proponen, además, una práctica prudente: fecundar solo el número de óvulos que se van a transferir, de modo que no haya embriones sobrantes.

Quienes expresan reservas señalan que la práctica habitual no suele ser esa. Por lo general se fecundan varios óvulos para aumentar la probabilidad de éxito, y los embriones que no se transfieren se congelan, a veces durante años, o se descartan o se destruyen. Si el creyente entiende, a la luz de los textos que hemos estudiado, que el embrión es una vida humana en su etapa más temprana, la destrucción o el abandono indefinido de embriones es un asunto moralmente grave, pues choca con el mandamiento «No matarás» (Éx. 20:13) y con el llamado de abrir la boca «por el mudo en el juicio de todos los desvalidos» (Pr. 31:8). Cabe una objeción que a veces se plantea: en la concepción natural también se pierden muchos embriones que no logran implantarse. La respuesta es que existe una diferencia moral entre una pérdida que ocurre sin intervención humana y una destrucción decidida y ejecutada por personas. La muerte de un enfermo por causas naturales no es lo mismo que su eliminación deliberada, aunque ambas sean muertes. Las otras reservas se refieren al uso de óvulos o esperma de donantes, que introduce a un tercero en la procreación y se aparta del diseño matrimonial de Génesis 2:24, y a la selección de embriones según criterios de calidad o características deseadas, que convierte al hijo en el resultado de una elección y no en un don recibido.

Debe decirse también que existen posiciones más estrictas que las descritas. Algunas tradiciones cristianas rechazan toda fecundación in vitro, incluso entre esposos, por considerar que separa la unión conyugal de la procreación. Es una postura que merece respeto y consideración, aunque no puede presentarse como un mandato explícito de la Escritura. Lo que sí puede afirmarse con prudencia es que no es lo mismo una fecundación in vitro entre esposos en la que todos los embriones se transfieren, que una en la que se recurre a donantes o se descartan embriones. Quien enseña debe evitar condenar en bloque lo que la Escritura no condena, y evitar también aprobar en bloque lo que plantea serias objeciones morales.

Aquí cobra vigor la enseñanza paulina sobre las cuestiones que dependen de la conciencia: «Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente» (Ro. 14:5). El apóstol añade una advertencia solemne: «todo lo que no proviene de fe, es pecado» (Ro. 14:23). El verbo griego que describe a quien «duda» es diakrinomenos, el que está dividido interiormente. La pareja que considere este camino debe hacerlo plenamente informada de cada aspecto del procedimiento, y de manera particular debe preguntar a la clínica cuántos óvulos se fecundarán, cuántos embriones se transferirán y qué se hará con los restantes, antes de iniciar el tratamiento. Debe hacerlo habiendo orado, estudiado la Palabra y consultado a los médicos, hasta alcanzar plena convicción de que actúa con fe y con buena conciencia. Y si tras ese examen su conciencia no queda en paz, debe abstenerse, sin que nadie la juzgue por ello, recordando que Dios sigue siendo quien «hace vivir en familia a la estéril» (Sal. 113:9) y que existen otros caminos de bendición, como la adopción.

Aplicaciones para la enseñanza

Quien enseña este tema a la iglesia debe, en primer lugar, ser claro sobre dónde habla la Escritura y dónde el intérprete. La Biblia afirma el diseño del matrimonio, el valor de la vida desde el vientre y la dignidad de la persona; no dice nada explícito sobre las técnicas modernas. Cuando se mezclan ambas cosas, se corre el riesgo de imponer cargas que Dios no ha impuesto o de dar por permitido lo que Dios ha advertido.

En segundo lugar, debe enseñarse con compasión. Las parejas que no pueden tener hijos cargan con un dolor profundo, y a menudo con comentarios inconsiderados de quienes no entienden. La iglesia debe ser un lugar donde puedan expresar su aflicción, hallar consuelo en la Palabra y recibir acompañamiento sin juicio. Recordemos que Dios «hace vivir en familia a la estéril» (Sal. 113:9), pero que también hay otras formas de bendición: la adopción, que refleja de manera bella el evangelio, pues Dios nos adoptó como hijos por medio de Cristo; el servicio a los niños de la congregación; y el uso fecundo de la vida matrimonial en el reino de Dios.

En tercer lugar, debe insistirse en que la fe no consiste en conseguir lo que deseamos a cualquier precio, sino en confiar en Aquel que sabe lo que conviene. Raquel gritó «Dame hijos, o si no, me muero», y Dios le dio a José y a Benjamín en su tiempo. Ana esperó y recibió a Samuel. La paz que sobrepasa todo entendimiento no es la promesa de que todos los deseos se cumplirán, sino la certeza de que el Padre cuida de los suyos.

Conclusión

La Biblia no habla del vientre de alquiler ni de la fecundación in vitro, pero habla del Dios que forma al ser humano en el vientre, que instituyó el matrimonio como el cauce de la descendencia y que cuida de los afligidos. El caso de Jacob con Bilha y Zilpa no equivale a un vientre de alquiler, pues fue una unión conyugal poligámica en una cultura determinada; y, como el de Abraham con Agar, se narra sin ser aprobado, dejando como enseñanza las amargas consecuencias de buscar atajos humanos donde Dios pedía paciencia y fe. Los principios bíblicos señalan serias objeciones al vientre de alquiler, especialmente cuando media un contrato o un pago, y piden gran cautela con la fecundación in vitro, donde la conciencia debe examinar cada aspecto del procedimiento a la luz de la Palabra.

Que cada creyente, y cada pareja que atraviese esta prueba, pueda decir con el salmista: «Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien» (Sal. 139:14). Y que la iglesia sea, para los que sufren la espera, un lugar donde la verdad y la misericordia se encuentren.

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