Pocos relatos del evangelio de Juan conjugan de manera tan íntima el dolor humano y el poder divino como la experiencia de Lázaro. En apariencia, se trata de la historia de un hombre y de dos hermanas afligidas; pero bajo esa superficie familiar, el Espíritu Santo nos ha dejado trazado el retrato exacto de todo pecador y el camino por el cual Dios lo alcanza. Detenernos en cada detalle de este pasaje no es un mero ejercicio narrativo, sino una invitación a reconocernos en Lázaro y a escuchar, como si fuera dirigida a nosotros, la voz que llama desde la tumba.

La condición de Lázaro

El relato describe la condición de Lázaro en tres etapas sucesivas que conviene observar con cuidado, porque cada una añade un matiz distinto a la gravedad de su estado. Primero lo vemos enfermo: Marta y María envían a avisar al Señor diciendo «el que amas está enfermo» (vv. 1–3), y esa dolencia, lejos de ser un dato incidental, es el punto de partida de todo el drama. Después lo vemos muerto: cuando Jesús llega a Betania, ya hacía cuatro días que Lázaro había fallecido (v. 14), de modo que toda esperanza humana se había extinguido por completo. Y finalmente lo vemos sepultado: Marta misma advierte que «hiede, porque es de cuatro días» (v. 17), señal inequívoca de que la corrupción ya había comenzado su obra. Enfermedad, muerte y sepultura no son tres anécdotas aisladas, sino una progresión deliberada que el evangelista nos presenta para preparar el terreno del milagro que sigue.

Esta progresión, sin embargo, no se agota en el plano físico. Cada una de estas tres condiciones nos habla, con notable precisión, de la obra que el pecado realiza en el alma humana. La enfermedad de Lázaro nos habla de la dolencia del pecado, esa condición generalizada que el profeta Isaías describe cuando dice del pueblo de Israel que «desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana, sino herida, hinchazón y podrida llaga» (Is. 1:6): el pecado no es un mal localizado, sino una enfermedad que compromete la totalidad del ser. La muerte de Lázaro nos habla de la destrucción que hace el pecado, pues el apóstol Pablo describe al hombre sin Cristo, sin rodeos, como alguien que estaba «muerto en sus delitos y pecados» (Ef. 2:1) y «muerto en pecados» (Col. 2:13), muerte espiritual tan real y definitiva como la que ya pesaba sobre Lázaro. Y su sepultura, con la corrupción ya manifiesta, nos habla de la degeneración operada por el pecado, esa realidad universal que el salmista resume en palabras que no admiten excepciones: «No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno» (Sal. 14:3). Enfermo, muerto y sepultado: así describe la Escritura al pecador antes de que la gracia intervenga, y así nos describe también a nosotros si somos honestos con nuestra propia condición delante de Dios.

La compasión del Señor puesta en duda

Ante un cuadro tan desesperado, no sorprende que la compasión del Señor haya sido puesta en duda. Marta se atreve a decirle: «Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto» (v. 21), y poco después María repite casi la misma queja (v. 32). Los judíos que las acompañaban, viendo llorar a Jesús, se preguntaban entre sí: «¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego, haber hecho también que Lázaro no muriera?» (v. 37). El reclamo es comprensible: ¿dónde estaba el amor de Cristo mientras su amigo agonizaba y finalmente moría? Y sin embargo, el propio relato desmiente esa duda y nos revela, en tres momentos sucesivos, la realidad de un amor que jamás estuvo ausente.

En primer lugar, vemos su amor declarado. El evangelista se detiene a subrayar, casi con insistencia, que «amaba Jesús a Marta, a su hermana y a Lázaro» (vv. 3, 5), como si quisiera dejar constancia expresa de que aquel silencio inicial no nacía de indiferencia. Ese amor declarado es reflejo del principio que después expondría el apóstol Juan: «Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero» (1 Jn. 4:19). En segundo lugar, vemos su amor manifestado. Jesús decide ir a Judea a pesar del riesgo evidente que ello suponía para su propia vida (vv. 7, 8); se conmueve profundamente en su espíritu y se turba al ver el dolor de Marta y María (v. 33); y finalmente llora, de manera tan visible que los presentes exclaman: «¡Mirad cómo le amaba!» (vv. 35, 36). Ese amor manifestado en lágrimas es la expresión concreta, en un momento y un lugar determinados, de la misma verdad universal que resume Juan 3:16 cuando dice que «de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito», y que Pablo confirma al escribir que «Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Ro. 5:8). Y en tercer lugar, vemos su amor vindicado. Ante la tumba, Jesús ora en voz alta para que los presentes crean que el Padre lo ha enviado, y luego clama con voz potente: «¡Lázaro, ven fuera!» El que estaba muerto sale de la tumba, atado de pies y manos con vendas, y su rostro envuelto en un sudario (vv. 43, 44). En ese instante, toda duda sobre el amor de Cristo queda disipada para siempre: el amor que parecía tardío o ausente se revela como el mismo poder que tiene autoridad sobre la muerte.

El cambio operado en Lázaro

El milagro no se agota en el propio Lázaro, sino que produce un cambio que se extiende a cuanto lo rodea. Ante todo, Dios fue glorificado, pues el propósito que Jesús había anunciado desde el principio, cuando dijo que aquella enfermedad era «para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella» (v. 4), se cumple plenamente cuando, ante la tumba abierta, declara: «¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?» (v. 40). Este es, en definitiva, el propósito último de toda obra de Dios en la vida del creyente: que todo redunde, como escribe Pablo, «para alabanza de la gloria de su gracia» (Ef. 1:6, 12). Como fruto directo de este milagro, muchos creyeron: el evangelista anota que «muchos de los judíos que habían venido… y habían visto lo que hizo Jesús, creyeron en él» (vv. 42, 45), del mismo modo en que, según el libro de los Hechos, «creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna» (Hch. 13:48) cada vez que la verdad se presenta con poder. Pero, como sucede invariablemente cuando la luz confronta a los hombres, algunos resistieron: en lugar de rendirse ante una evidencia tan contundente, los principales sacerdotes y los fariseos se confabularon desde ese mismo día para dar muerte tanto a Jesús como a Lázaro, testigo viviente e incómodo del milagro (vv. 46, 53). Esta misma división —unos que creen y otros que se burlan o postergan su decisión— se repetiría después en el ministerio de Pablo, tanto en Antioquía de Pisidia (Hch. 13:50) como en el Areópago de Atenas (Hch. 17:32–34), y sigue repitiéndose hoy cada vez que el evangelio se predica con fidelidad.

¿Qué harás tú?

La experiencia de Lázaro es, en el fondo, la experiencia de todo ser humano fuera de Cristo: enfermo, muerto y sepultado por el pecado, sin posibilidad alguna de levantarse por sus propias fuerzas. Pero es también el testimonio de un amor que no se detiene ante ninguna tumba, por cerrada o por hedionda que parezca, y de un poder capaz de convertir la desesperanza más absoluta en ocasión para la gloria de Dios. Ante esa misma voz que hoy sigue llamando a salir de la muerte a la vida, la pregunta final no puede quedar sin respuesta: ¿qué harás tú?

Basado en el bosquejo de Samuel Vila, 1000 bosquejos para predicadores (Viladecavalls, Barcelona, España: Editorial CLIE, 2001), 248–249.

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